Polémicas históricas, no subsanadas, existen tras conceptos económicos como producción, riqueza e igualdad. Coyunturas sociopolíticas diversas alrededor del mundo han generado circunstancias diferentes en la aplicación de recetas de teórica validez universal. Smith, Ricardo, Marx, Malthus, Keynes, Stuart Mill, Friedman, Sraffa, Samuelson, Mandel, entre otros, enriquecieron el debate dándole relevancia global. Muchos países aún no llegan a dirimir la controversia. Panamá es uno de ellos. A ello lo empeora que la redistribución de la riqueza se la hemos entregado, en virtud de alienantes prácticas y fraudes políticos, a aquellos sectores sociales menos interesados en la equidad, la justicia y la igualdad. El laissez faire es el único hábitat para estos grupos. El ansia de ganancias, la única regla para producir “riqueza” (entiéndase: dinero).
El soplo contra la desigualdad concebida como la fórmula para que la minoría de la población disfrute de la mayoría de la riqueza que se produce en un país, debe provenir del Estado. Cuidar y permitir que la seguridad económica y el bienestar reinen en todos los hogares del istmo, debe ser la meta de un buen gobierno. La desigualdad no solo se manifiesta por los ingresos. Otras diferencias también producen sangramientos sociales que anulan el crecimiento colectivo. Ejemplos: la maltrecha educación, una justicia tuerta, una salud inalcanzable, un transporte anárquico, el agua desterrada, un sector agropecuario vejado y un sector de servicios traicionado. La propuesta para derribar el muro construido a objeto de blindar e incrementar las diferencias sociales y asfixiar a las grandes mayorías, será la ganadora en mayo de 2019. Las megaobras nunca dejarán de ser importantes, pero el grueso de la expectativa popular se ha depositado en los aspectos que rodean la galopante desigualdad.
Un Estado con gobernantes realmente protectores del patrimonio nacional, es aquel que logra hacer sentir a sus ciudadanos que la riqueza producida dentro de sus fronteras es utilizada equitativamente en beneficio palpable de todos los sectores que viven bajo su autoridad. Discursos contra la desigualdad vendrán de todas partes. Además de fijarnos en la trayectoria y jerarquía moral del candidato, es trascendental calibrar la propuesta en el entorno de su viabilidad y necesidad como herramienta eficaz para convertir las tendencias actuales en vías libres y expeditas hacia un desarrollo integral, a ejecutar dinámicamente por un equipo emprendedor, dispuesto y debidamente apertrechado. Y, por supuesto, consciente de que se gobernará para todos, por lo que no debe sorprendernos que la carreta sea empujada por fuerzas disímiles. Lo importante es dejar claro quién manda.
Combatir efectivamente la desigualdad pasa primeramente por extinguir la falacia de que después de hacer muy ricos a unos pocos, habrá condiciones para una redistribución equitativa. Hemos vivido así desde que nació la República. El resultado está a la vista. Lo satisfactorio implica resolver necesidades vitales de corte sencillo. Actos que se constituyan en pruebas contundentes de esfuerzo real de un bloque político por ennoblecer las prácticas gubernamentales. Se impone eliminar esa frontera que divide los dos Panamá que hoy conviven forzadamente.
El autor es abogado
