Jesús de Nazaret, antes de ser clavado en la cruz, enfrenta sus miedos, el dolor, el sufrimiento y la muerte. Ya ha aceptado someterse al abismo indescifrable, a la oscuridad y a la aparente falta de fe y esperanza. Con determinación, conquista y vence el desierto de sus debilidades y temores. Reconoce su tristeza y no huye de la muerte. Se entrega a la oración, se levanta y acepta beber de la copa que el Padre le presenta, deseando cumplir la voluntad de Dios.
Cuando logra abandonarse en aquel que es más fuerte que el abismo, la cruz se le hace insignificante; se transforma en el lugar desde donde demostrará su total abandono al Dios que es Abba, Padre. “He perdido las manos, pero en las tuyas me encomiendo; mis ojos casi cerrados por los golpes, me permiten vislumbrar un poco del mundo que es testigo de mi entrega. Estoy a punto de cerrarlos para abrirlos y contemplar tu rostro”. No hay espacio para el rencor ni el deseo de venganza del “ojo por ojo”.
El paso del dolor a la confianza, cubierto de sinsabores y desesperanza para abrir los brazos y ceder las manos al dolor de los clavos y de la lanza que traspasa el corazón, no son nada ante la convicción que se tiene: “mi Padre no me abandonará”.
El corazón del joven de Galilea palpita completamente libre, quiere seguir mostrando la total libertad que ha encontrado al aceptar la cruz, tan libre que puede perdonar incluso a aquellos que le hacen daño.
Clavado en la cruz, ora al Padre, perdona a sus verdugos, abre el paraíso a los arrepentidos y encomienda a su madre. No se desespera, más bien, confía. En el momento culminante, sintiéndose arrancado de este mundo, experimenta un vacío de muerte. Lleva el sufrimiento humano hasta el extremo para demostrarnos que el amor es entrega.
Frente a la entrega total, el sufrimiento intenta carcomer la capacidad para confiar; amenaza con arrojar al hombre al abismo de sus temores. ¿Cuáles son nuestros temores? Se resumen en el sufrimiento y el dolor. El miedo nos plantea un horizonte sombrío, sin lugar para recomenzar ni metas que alcanzar. El miedo es perderse en un sinsentido de existencia, perder la fe y la esperanza. Nos hace mirar por la ventana de la desesperación y contemplar el caos y la soledad que reinan afuera, haciendo fuerza para entrar.
El miedo es el desierto del alma que se siente abandonada, alejada, rechazada; una sequedad que no da signos de un mañana mejor. Y allí en el camino al Calvario, y ya clavado en la cruz, Jesús sigue repitiéndose un cántico en el corazón: “mi Padre no me abandonará”.
El autor es sacerdote católico
