El panameño no entra a un centro comercial a comprar. Entra a mirar. A caminar con calma. A “matar tiempo”. A acompañar a alguien. A usar el aire acondicionado gratis. Comprar jamás estuvo en el plan. Eso dice uno… antes de cruzar la puerta.
“Solo venía a mirar” es una de las frases más irresponsables del idioma español. Compite fuerte con “yo controlo” y “eso no me va a pasar a mí”. El problema es que el mall no es un lugar neutral: es una trampa perfectamente iluminada, con música suave y ofertas que detectan el miedo financiero a kilómetros.
Uno entra con dignidad. Sale cargando bolsas como si estuviera mudándose.
Porque el mirar en Panamá es peligroso. Usted mira una camisa. No la necesita. Tiene diez en la casa, cinco con etiqueta todavía. Pero la mira. La toca. Y aparece el vendedor, ese ser entrenado para detectar debilidad ocular:—Esa está en oferta, jefe.
Oferta. La palabra que le borra la memoria al adulto responsable. El cerebro panameño deja de pensar en el recibo del agua, en el corredor, en la tarjeta, y se concentra en lo verdaderamente importante: el descuento. No importa si es 10%, 20% o una mentira bien escrita. Si dice “rebajado”, ya uno siente que está ganando.
Aquí las ofertas no dicen “compra si lo necesitas”. Dicen “si no compras ahora, eres un irresponsable”.
“Últimas piezas”.“Solo por hoy”.“Precio especial”.
Y el clásico: “Antes $89.99, ahora $39.99”, aunque nadie haya visto jamás ese producto en $89.99.
El panameño cae. Con estilo, pero cae.
Y empieza la negociación interna:—Bueno, no estaba en el presupuesto, pero el presupuesto puede ajustarse.—Es mejor comprarlo ahora que después.—Esto es una inversión.
Inversión. Otra palabra peligrosa. Porque mágicamente una sandalia en oferta se convierte en un “activo estratégico”.
Luego viene el efecto dominó. Usted entra por una cosa y sale con cinco. Una bolsa lleva a la otra. Ya no camina, desfila. Ya no mira precios, confía. Cuando llega a la caja, el cajero dice el total y uno responde con una sonrisa automática, esa sonrisa que dice “todo está bien”, mientras por dentro la tarjeta grita.
Pero el verdadero golpe llega en casa.
Ahí es donde uno saca las bolsas, las pone en la cama y las observa como si fueran evidencia de un crimen financiero. Empieza el interrogatorio:—¿Esto para qué lo compré?—¿Cuándo voy a usar esto?—¿En qué momento perdí el control?
No hay respuestas. Solo silencio… y el recibo.
Y, sin embargo, dos días después, uno se pone la camisa, usa el aparato o estrena lo comprado y dice:—Oye, no estuvo tan mal.
Porque el panameño tiene una capacidad extraordinaria para justificar gastos. Especialmente si estaban “baratos”. Aquí no se compra por necesidad; se compra por oportunidad. Y si estaba en oferta, ya no es gasto: es casi un deber cívico.
Así que la próxima vez que diga “solo venía a mirar”, no se engañe. Respire hondo. Agarre fuerte la billetera. Y recuerde: en Panamá, mirar es gratis… hasta que pasa por la caja.
El autor es ingeniero retirado.

