En el Panamá de la abundancia y el despilfarro, diariamente se nos habla de decenas, cientos y miles de millones de dólares. Los magistrados, jueces y fiscales facturan decenas de millones en coimas. Los diputados dilapidan cientos de millones llenando de botellas sus planillas. Los funcionarios gestionan megaproyectos de miles de millones, mal diseñados y peor ejecutados, en los que secretamente obtienen millonarias participaciones. Para quienes poseen poder y conexiones, Panamá es el país de la bonanza multimillonaria.
Panamá es, también, el país donde a la mayoría no le alcanza sus ingresos para sufragar el costo de la vida en incesante aumento, donde servicios públicos de cuarto mundo hacen pasar enormes trabajos a la población, y donde abundan injustificados bolsones de sufrimiento, degradación y miseria. En estos bolsones, los indicadores sociales son comparables a los de las regiones más atrasadas de nuestro hemisferio.
Hay bolsones de este tipo en áreas urbanas y rurales, pero las zonas indígenas son las de mayor precariedad. Mientras los jerarcas del sector público y los magnates del sector privado, bien conectados entre sí, se desplazan en helicóptero, los miembros de las etnias originarias andan, con suerte, a caballo (las más de las veces, a pie descalzo).
En sus áreas históricas, los índices de mortalidad materna e infantil, desnutrición y morbilidad son elevados, como en los países más pobres del planeta. No se trata exclusivamente de enfermedades tradicionales como dolencias gástricas y respiratorias, malaria o tuberculosis. También se padecen en esas regiones males asociados con la modernidad, como afecciones coronarias, diabetes, alcoholismo y —como lo documentó hace poco un reportaje de National Public Radio, VIH, cuyo virus está presente en aproximadamente el 2.5% de los habitantes de la comarca Ngäbe-Buglé (NPR, 14 de mayo).
Esta cruda realidad impacta con mayor dureza a la mujer indígena, que lleva sobre sus hombros el peso de una triple discriminación. Se la discrimina por mujer, por indígena y por pobre.
No solo la desprecia el resto de la población, que no escatima oportunidades para hacer mofa y escarnio de los pueblos originarios, como en canciones populares o chistes crueles que circulan por las redes sociales. (Indignación me produjo, en días pasados, recibir en mi teléfono, sin haberlo solicitado, un video en que se ridiculiza y se denigra la participación política de las mujeres ngäbes.)
También sufre el menosprecio que ahora llaman “de género” en sus propias comunidades, donde las mujeres son sometidas a la discriminación, la explotación y la violencia intrafamiliar. Con avanzada visión y cristiana humanidad, la eximia poetisa María Olimpia de Obaldía retrató las desventuras de la mujer indígena de la altiplanicie chiricana en su célebre poema Ñatore may, publicado hace ya muchos años:
“Ñatore” … y la doblega / la mochila a la espalda / y la agobia la curva / de su misión fatal … / Y su hijo cuando nazca / acaso muera inerme, / que sólo pueda darle / el jugo maternal; / su leche macerada / con golpes del marido; / caldeada por la piedra / en donde muele el pan: / mezclada con fermentos / de incógnitos rencores, / de anhelos subconscientes / inmensos como el mar …
Reflexiones de este tipo y otras más profundas son válidas, especialmente hoy, cuando se conmemora el Día Internacional de la Mujer Indígena, instituido durante el segundo encuentro de Organizaciones y Movimientos de América (Bolivia, 1983). La fecha fue escogida en recuerdo de Bartolina Sisa, heroína aymara cruelmente ejecutada el 5 de septiembre de 1782 como castigo por su participación en la rebelión de Túpak Katari contra la opresión de su etnia.
La Ley N°9 de 2015 adoptó la conmemoración en Panamá. Según dicha disposición, el Ministerio de Educación, el INAC, la Autoridad de Turismo y el Instituto de la Mujer celebrarán “eventos alusivos a la fecha” y las escuelas, entre otras entidades, “desarrollarán durante este día actividades orientadas a exaltar el aporte cultural, económico y laboral de la mujer indígena panameña”.
Sería bueno conocer el contenido de los programas oficiales organizados para realizar esta importante conmemoración. Sin duda, para lograr una mayor concienciación de los estudiantes panameños, sería oportuna una lectura simultánea de Ñatore may en todos los planteles escolares de la República.
El autor es es politólogo e historiador y director de la Maestría en Relaciones Internacionales en Florida State University, Panamá.
