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Mujer panameña y nacionalidad

Mujer panameña y nacionalidad
Mujeres ataviadas en el desfile de las Mil Polleras. Foto: Alexander Arosemena

Panamá no fue una república hasta su independencia de Colombia, pero eso no quita que fuese una nación en constante evolución, sobre todo por su situación particular. Su posición geográfica y vocación de tránsito la colocó, desde la colonia, en la mira de las grandes potencias. Fue vista como un peldaño hacia la defensa global de los intereses geopolíticos y militares de estas, por lo que siempre tenían sus narices metidas en el Istmo.

La nacionalidad panameña, rica en calado y matices, ha sido menguada por propios y mermada por extraños, reducida a su mínima expresión a través del tiempo y el espacio para propagar alborotos ideológicos y confusión intelectual, donde cualquier erudito cabeza caliente o editor cazafortuna podía pescar en río revuelto.

Porque describirnos como producto de la intriga y los intereses foráneos vende, a través del empleo parcial, subjetivo, limitado y conveniente de un abundante registro histórico. Panamá fue moldeada como nación durante un período evolutivo de prolongada duración y origen turbulento. Fue un largo y complicado proceso histórico, sociológico y político, rescatado por muchos, donde la redención histórica de nuestros inicios fortalece identidad, orgullo y patriotismo.

A pesar de las críticas vertidas, durante el acontecer colombiano hubo un comportamiento valeroso del pueblo panameño, cuyo análisis sucinto revela la firme presencia de factores que coadyuvan a definir y forjar una particular identidad e idiosincrasia de la nación panameña. Factores que podemos resumir en la intención permanente hacia el autogobierno, en el desarrollo de la comunicación interoceánica en la zona de tránsito y en el arrojo para resistir las frecuentes confrontaciones bélicas colombianas, todo lo que, obviamente, encendía la llama separatista del istmeño.

Y, a medida que se fortalecía la nación y después crecía la República, emergió regia, espléndida, sublime, excelsa y enérgica, la mujer panameña. Esa que entona su mejorana y le canta al ruiseñor; la que construye literatura y pinta nuestra campiña; la que inspiró al autor a convertirla en heroína; la que cosió la primera tricolor; la que, desde la digna curul, defendió la Patria; la que le declamó al Cerro Ancón; la que, con su inspiración, juramentó nuestra bandera; la que, desde el teatro, nos encantó con su actuación; la que hilvana la mola desde la comarca; la que hace hablar el piano, el violín y la flauta; la conga de Colón; la alondra chiricana; y, muy importante, la que engalana su pollera en el punto, el tamborito y la cumbia.

No me toca ahora decir nombres. Pero mi alma ciudadana y mi corazón cívico se desbordan de emoción ante nuestra mujer, forjadora, a la par del hombre, de la nacionalidad panameña en sus diferentes facetas.

El autor es abogado.


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