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Mujeres: el futuro de la IA necesita nuestra participación

Mujeres: el futuro de la IA necesita nuestra participación
Una mujer chateando con un chatbot de IA / Getty Images

Hace unas semanas tuve una conversación que transformó mi manera de ver el momento histórico que estamos viviendo. Hablaba con una persona que tiene acceso cercano a algunos de los laboratorios de inteligencia artificial más importantes del mundo. En medio de la conversación me dijo algo que me sigue dando vueltas en la mente: «Hacen falta muchas más mujeres participando en el desarrollo de esta tecnología». Esa reflexión me hizo tomar mucha más conciencia de que el futuro que estamos construyendo también necesita más mujeres ayudando no solo a crearlo, sino también a definirlo.

Durante años hemos hablado de la inteligencia artificial desde la aplicación, la productividad, la automatización y la innovación. Sin embargo, pocas veces nos preguntamos quiénes están contribuyendo a diseñar los sistemas que ya están influyendo en la forma en que trabajamos, aprendemos, nos informamos y tomamos decisiones.

La inteligencia artificial ya forma parte de nuestra vida cotidiana. Está presente en procesos de contratación, servicios financieros, diagnósticos médicos, educación, comercio electrónico y en las plataformas digitales que utilizamos todos los días.

Su importancia también queda reflejada en iniciativas como el reciente lanzamiento de la Estrategia Nacional de IA para Panamá.

Por esa razón, la conversación sobre la representación ya no puede limitarse a las empresas, los gobiernos o el sector académico. Hoy también debe incluir a la inteligencia artificial.

Las mujeres han dedicado generaciones enteras a conquistar espacios de participación. Lucharon por el derecho al voto, por acceder a la educación superior, por ocupar posiciones de liderazgo y por ser escuchadas en los lugares donde se toman las decisiones que transforman la sociedad. Cada uno de esos avances amplió las oportunidades para millones de personas.

Ahora enfrentamos un desafío profundo y diferente.

La inteligencia artificial será una de las tecnologías con mayor capacidad para influir en nuestra economía, nuestras organizaciones y nuestra vida diaria. Si queremos desarrollar sistemas más representativos, necesitamos que mujeres con distintas experiencias, profesiones y perspectivas formen parte de ese proceso.

Esto no significa que toda mujer deba convertirse en desarrolladora ni en una experta en inteligencia artificial. Significa entender que desarrollar fluidez en inteligencia artificial ya no debería ser una opción. Es una responsabilidad que tenemos con nosotras mismas, con nuestras organizaciones y con la sociedad que estamos ayudando a moldear. Hoy constituye una responsabilidad cívica para cualquier profesional que desee contribuir activamente a la sociedad que estamos construyendo.

Comprender cómo funciona la inteligencia artificial, cuáles son sus capacidades, cuáles son sus limitaciones y qué preguntas debemos hacer antes de confiar en sus respuestas será tan importante como entender el impacto que tuvo internet hace más de dos décadas. Las decisiones sobre el uso de esta tecnología ya no pertenecen exclusivamente a las empresas tecnológicas. Cada organización, cada institución y cada líder tendrá que decidir cómo utilizarla de forma responsable.

Participar en esa conversación exige conocimiento.

La ignorancia tecnológica también puede convertirse en una forma de exclusión.

La inteligencia artificial aprende de la humanidad. Aprende de nuestros libros, de nuestras investigaciones, de nuestras fotografías, de los criterios y opiniones que le damos, de las decisiones que tomamos, de nuestros aciertos y también de nuestros errores. Aprende de los datos que producimos y de la historia que dejamos registrada. Por eso, la calidad de esa historia y la diversidad de las voces que la conforman importan más de lo que muchas veces imaginamos.

También debemos reconocer una realidad importante. Los sistemas de inteligencia artificial son desarrollados por equipos humanos y entrenados con grandes volúmenes de datos históricos. Cuando determinados grupos tienen menor representación durante ese proceso, existe un mayor riesgo de que ciertas experiencias o necesidades queden insuficientemente reflejadas. Diversos estudios ya han documentado casos de sesgos en aplicaciones relacionadas con la contratación, la generación de imágenes y otros sistemas de inteligencia artificial.

Un ejemplo ampliamente conocido ocurrió en el ámbito de la selección de talento. Amazon desarrolló una herramienta experimental basada en inteligencia artificial para apoyar sus procesos de contratación. Con el tiempo, la empresa descubrió que el sistema tendía a favorecer currículums asociados históricamente con candidatos masculinos, ya que había aprendido de patrones de contratación del pasado. Finalmente, el proyecto fue descartado. Casos como este no significan que la inteligencia artificial sea inherentemente discriminatoria. Lo que sí demuestran es que la calidad de los datos, la diversidad de los equipos que desarrollan estos sistemas y la supervisión humana son factores esenciales para desarrollar tecnologías más confiables y representativas.

Por eso, esta conversación trasciende la tecnología. Habla de participación. Habla de liderazgo. Habla de preservar nuestra capacidad de influir en el rumbo de una herramienta que tendrá un impacto profundo sobre las próximas generaciones.

Cada empresaria, ejecutiva, educadora, abogada, médica, comunicadora o investigadora aporta algo que ningún modelo puede generar por sí solo: experiencia humana. Aporta preguntas distintas. Contexto. Juicio. Perspectivas que enriquecen las decisiones detrás de la tecnología. Sus vivencias y su forma de entender el mundo fortalecen la manera en que estos sistemas pueden diseñarse, evaluarse e implementarse de forma más representativa y responsable.

El futuro de la inteligencia artificial no debería desarrollarse desde unas pocas perspectivas. La innovación alcanza su mayor potencial cuando incorpora distintas formas de pensar y comprender el mundo.

Si la inteligencia artificial aprende de la humanidad, entonces la mayoría de la humanidad debe estar representada en aquello que la inteligencia artificial aprende.

Las generaciones anteriores lucharon para que las mujeres tuvieran voz en los grandes cambios de la historia. Nuestra generación enfrenta un desafío distinto. Tenemos la responsabilidad de asegurarnos de que la inteligencia que ayudará a decidir el futuro también aprenda de nosotras.

La autora es consultora en estrategia, formación e integración de IA para empresas.


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