RAíCES

Las mujeres en la obra del Canal (II)

Al igual que entre los obreros, la primera distinción entre las mujeres que trabajaron en la Zona la establecía el sistema de segregación: mujeres blancas de la nómina de oro y mujeres de la nómina de plata, diferenciadas por la existencia o no de un contrato laboral, por el tipo de trabajo que realizaban, y por los salarios y las condiciones de trabajo. La Comisión del Canal Interoceánico contrató mujeres norteamericanas que llegaron solas o acompañadas de sus maridos, como oficinistas, maestras o enfermeras. Algunas de las mujeres de la nómina de plata eran contratadas por la ICC como maestras para la población de la nómina de plata, lavanderas, auxiliares de enfermería o cocineras, pero en su mayoría desempeñaban trabajos informales.

Ambos grupos de mujeres realizaban además el trabajo de cuidado en el espacio privado, tanto las mujeres blancas como las mujeres afroantillanas y de otros grupos de la nómina de plata, que no tenía retribución económica. Este trabajo no era considerado productivo, como ocurre todavía hoy. Sin embargo, las mujeres norteamericanas pudieron liberarse prontamente de muchas de las cargas del cuidado familiar gracias a la contratación de mujeres afroantillanas y nativas como empleadas domésticas, lo que les dejó un tiempo libre que muchas de ellas dedicaron a actividades sociales y culturales y a la escritura.

El primer trabajo realizado en la Zona por mujeres fue el de enfermeras y maestras. En 1904, algunas monjas francesas fueron contratadas junto a enfermeras estadounidenses que estuvieron en Cuba, Filipinas, China, África y Japón. En 1908 había 117 enfermeras, 25 maestras y 45 empleadas que trabajaban como copistas, oficinistas, empleadas de correo, especialistas en dietética, telegrafistas, dependientas y en el ferrocarril. Las primeras lavanderas afroantillanas contratadas por la ICC llegaron en 1911 y fueron sustituidas poco después por las máquinas.

La segmentación del mercado laboral entre mujeres norteamericanas de la nómina de oro y mujeres de la nómina de plata privilegiaba al primer grupo con base en su raza y procedencia nacional, pero ambos grupos de mujeres eran discriminados frente a los hombres de sus respectivas nóminas. Esto era obvio en los salarios: en 1904, en la lavandería del Hospital de Colón, un asistente de las máquinas de lavar cobraba $600 al año, mientras que una lavandera ganaba $240 al año; una oficinista contratada por la ICC ese mismo año ganaba $50 al mes, pero un oficinista ganaba $90. Según Julie Greene, algunas mujeres norteamericanas se enfrentaron a la discriminación salarial y reclamaron la igualdad con éxito. Las diferencias entre las empleadas de la nómina de oro y la nómina de plata se evidenciaban en los salarios: las maestras norteamericanas de niños y niñas blancos ganaban, según sus categorías, $110, $90 y $60, mientras que las maestras de la nómina de plata ganaban $35 y $25.

El carácter de área de frontera que tuvo la Zona del Canal determinó muchas de las actividades de las mujeres que la habitaron, especialmente la prostitución. El puritanismo y la doble moral imperantes en la Zona hicieron proliferar la prostitución y actividades semilegales en las ciudades y poblados del territorio panameño: la prostitución fue prohibida en la Zona del Canal, pero fue regularizada en Panamá, donde se establecieron zonas de tolerancia y muchas mujeres de diversos orígenes se dedicaron a ella en condiciones insalubres y muy riesgosas. Pero esa misma situación de zona de frontera hizo posible también que muchas otras mujeres se independizaran con trabajos inusuales como el de administradoras de pensiones, fondas y hoteles.

La autora es docente universitaria. Editor Ricardo López Arias

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