Tiene chiste que sea la de la Lengua —esa que mandó a meter en el «tercer ojo»— la que lo distinga como «académico honorario», un título solo para «honorables», sin ninguna consecuencia sobre nuestra lengua, pero con un enorme costo reputacional para la institución: el desprestigio. Esta chanza, que no tiene gracia ninguna, ha salido, ya, muy cara.
No hagan chistes baratos con el tema: el presidente no está ni se le espera en la Casa Amarilla; nada tiene que ver con el trabajo académico que allí se hace. Lo que hay que cuestionar es el motivo que ha generado este movimiento politizador de la Academia, moliendo por completo su voluntad, ánimo y buen hacer, triturando su reputación pública en el molino arrogante de un presidente que «dice» y cree que se «hace» verdad lo que dice.
En su discurso, insulso y con matices de roceo, cita a Octavio Paz, pero lo rebate con sus hechos: hay que meterse la «lengua», ya saben, y toda la cohesión y expresión de los pueblos se va allí, hacia la cavidad innombrable. Otra incoherencia que se le aplaudió allí y que ni los nuevos integrantes de la Academia refutaron lo más mínimo.
Así es esto de «accesar» a las instituciones de rancio abolengo.
Dice don Quijote: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe «aventurar» la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».
Si no «aventuramos» la vida, si no la arriesgamos por la libertad, viviremos privilegiados en el cautiverio por molinos que un día, si no mostramos pleitesía, nos triturarán por completo. La Academia ya no es libre; le toca vivir bajo el riesgo de los Mulinos, no de gigantes.
El autor es escritor.


