Exclusivo

Mundial: ese extraño paréntesis en medio de la vida

Mundial: ese extraño paréntesis en medio de la vida
La Copa Mundial de la FIFA tendrá por primera vez tres sedes diferentes: Estados Unidos, México y Canadá. EFE/EPA/ENNIO LEANZA

Nunca me ha gustado el fútbol. No sé distinguir una formación táctica de otra, desconozco las estadísticas de los jugadores y, para ser honesta, muchas veces me cuesta comprender cómo veintidós personas corriendo detrás de un balón pueden despertar semejantes pasiones.

Pero cada cuatro años, cuando llega el Mundial, algo cambia. No en el fútbol. En nosotros.

De repente, el vecino que apenas saluda sonríe más. Los compañeros de trabajo encuentran un tema común de conversación. Las diferencias políticas parecen bajar el volumen. Los problemas cotidianos, aunque siguen allí, dejan de ocupar el centro absoluto de nuestras preocupaciones.

Por unas semanas, el mundo entero parece respirar distinto. Y eso, en los tiempos que vivimos, tiene un valor enorme.

Vivimos inmersos en una rutina agotadora. Las noticias nos bombardean constantemente con crisis económicas, conflictos internacionales, inseguridad, desempleo, corrupción y tragedias de toda índole. Vamos de una responsabilidad a otra cargando preocupaciones que rara vez encuentran descanso.

Por eso el Mundial funciona como una especie de tregua emocional colectiva. Un bálsamo. No porque resuelva nuestros problemas, sino porque nos permite olvidarlos por un instante.

No se trata únicamente del deporte. Se trata de la necesidad que tenemos de ilusionarnos juntos. Quizás por eso los Mundiales sobreviven a las generaciones. Los niños los viven como una aventura. Los jóvenes como una pasión. Los adultos como una celebración. Y quienes ya hemos recorrido medio siglo de vida los observamos con una mezcla de nostalgia y esperanza.

Porque también recordamos otros Mundiales. Recordamos dónde estábamos, con quiénes celebramos un gol, quiénes ya no están para verlo con nosotros. Cada torneo se convierte en una cápsula de memoria colectiva.

Sin embargo, tampoco soy ingenua.

Mientras observo la euforia mundialista, no puedo evitar recordar aquella célebre expresión atribuida a la antigua Roma: “al pueblo, pan y circo”.

Los emperadores comprendieron hace siglos que el entretenimiento podía convertirse en una herramienta poderosa para distraer a las masas de los problemas más profundos de la sociedad.

Y sería irresponsable ignorar que, todavía hoy, muchos gobiernos, dirigentes y grupos de poder entienden perfectamente el valor político de los grandes espectáculos. La historia demuestra que, en ocasiones, mientras las multitudes celebran en los estadios, detrás del telón continúan tomándose decisiones que afectan sus vidas.

Pero una cosa no invalida la otra. Reconocer el riesgo de la distracción colectiva no significa renunciar a los momentos de alegría compartida. La clave está en no olvidar.

En celebrar un gol sin dejar de exigir transparencia. En disfrutar un partido sin abandonar el pensamiento crítico. En emocionarnos con nuestra selección sin dejar de preocuparnos por nuestra comunidad.

Porque la felicidad también es una necesidad humana. Y quizá ahí radica la verdadera enseñanza del Mundial.

No en quién levanta la copa. No en quién marca más goles.

Sino en la capacidad que tiene un acontecimiento aparentemente simple para recordarnos que seguimos formando parte de algo más grande que nuestras preocupaciones individuales.

Durante unas semanas volvemos a sentirnos conectados. Nos abrazamos con desconocidos, compartimos alegrías efímeras, discutimos resultados con pasión desproporcionada. Y, por un breve instante, recuperamos una sensación de comunidad que la vida moderna parece empeñada en arrebatarnos.

Yo seguiré sin entender muchas reglas del fútbol. Probablemente seguiré confundiendo nombres de jugadores y olvidando resultados. Pero cuando llegue el próximo Mundial, volveré a sentarme frente al televisor.

No por amor al deporte. Sino porque, en medio del ruido, las tensiones y las incertidumbres del mundo, esos días nos recuerdan algo esencial: que los seres humanos también necesitamos pausas, ilusiones y motivos para sonreír juntos.

Y si bien debemos mantener siempre los ojos abiertos para no convertirnos en espectadores pasivos del “pan y circo”, tampoco deberíamos subestimar el poder de esos raros momentos en que una pelota logra unir lo que tantas otras cosas se empeñan en dividir.

La autora es abogada.


LAS MÁS LEÍDAS

  • Los magistrados suspendidos por la Corte favorecieron a Rico Pineda; ya hay un recurso de reconsideración para evitar el despido. Leer más
  • Cepanim: Siga aquí los pasos para verificar si ya puede retirar su certificado. Leer más
  • ¿Fin del ‘monopolio’ eléctrico en Panamá? Acodeco sugiere separar distribución y comercialización. Leer más
  • Cepanim: MEF comenzará la entrega de certificados; consulte cuándo retirarlo. Leer más
  • Acreditación, familia e investigación: los vínculos detrás de la Universidad Iberoamericana. Leer más
  • La cita secreta de Mulino con RM: el aval a Castañedas y el retiro de Camacho. Leer más
  • Canadá deniega la visa de entrada al país a Thomas Partey que no podrá jugar contra Panamá. Leer más