En muchos aspectos estuve de acuerdo con el lenguaje que utilizó Donald Trump durante su campaña como aspirante a ocupar la Casa Blanca. Esto contribuyó al triunfo abrumador de sus aspiraciones, en cuanto puso en la palestra algunos serios desgreños administrativos sucedidos en distintas administraciones de su país, lo que estaba aumentando seriamente el desempleo y el cierre notorio en número considerable de fábricas, lo que aumentó la pobreza estadounidense. Esa radiografía suya fue tan contundente que no pudo, en ningún momento, ser desmentida, y aunque no habló de corrupción en el ambiente burocrático, casi lo dio a entender.
Donald Trump es producto de una actividad altamente capitalista como lo es el negocio de bienes raíces. Entiendo que Trump reveló deficiencias en el gobierno de su país y que esto ponía en peligro la estabilidad económica en el orden interno del sistema político estadounidense, y por lo mismo su mayor preocupación al asumir las riendas del Estado, sería corregir esa grietas que mermaban la fortaleza de Estados Unidos.
Sin embargo, debo admitir que en la conducción de la política exterior que ha venido ejerciendo el presidente Donald Trump desde la Casa Blanca ha sido errática en muchos aspectos, no solo áspero, sino coronado de agresividad y salpicado de un tono belicoso, lo que ha provocado la hostilidad de algunos mandatarios hacia los cuales se ha dirigido, lo que ha provocado respuestas similares de los adversarios políticos de Estados Unidos como desquite. A mi juicio, el presidente estadounidense se mantiene a un nivel inusual en comparación con su antecesor Barack Obama. Por ejemplo, en el caso de las relaciones con Cuba, Obama las condujo poniendo atención a su lenguaje y de una forma inteligente abandonó el tono brusco que había prevalecido en las relaciones diplomáticas entre esos dos países por los más de 50 años que duró el bloqueo comercial a la isla.
No debo omitir que hubo en esa larga enemistad entre Estados Unidos y Cuba un reconocido mea culpa que afloró cuando se decretó el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. El mandatario norteamericano no omitió reconocer que esos agrios conflictos permanecieron por tanto tiempo por la práctica entre ambos gobiernos de una diplomacia absoluta, no negada por el actual mandatario cubano, Raúl Castro.
Ambos gobiernos se ofrecieron hojas de olivo, pero es mi parecer que el presidente Donald Trump procura con acusaciones absurdas hacia Cuba retornar a esa política errática que se inició con el presidente republicano Dwight Eisenhower, condecorado con tantas medallas como héroe de la Segunda Guerra Mundial.
Sigo al pie de la letra algunas noticias que se divulgan en algunos medios, que revelan en importantes sectores públicos su rechazo a esa diplomacia errática del inquilino de la Casa Blanca, y de algunos de su Gabinete que acatan sus órdenes. No creo necesario referirme a esas graves provocaciones que Trump ejerce contra otros países que le responden con igual dosis y con creces, con un lenguaje contra la paz mundial.
El autor es abogado y periodista