“Para los que no tenemos creencias, la democracia es nuestra religión”.
—Paul Auster
Habitar los espacios que se prestan para el diálogo es recuperar nuestro lugar en la política.
Actualmente, solo el 6.6% de la población mundial goza de una ‘democracia plena’, un retroceso significativo respecto a 2014, cuando alcanzaba el 12.5%, según la Unidad de Inteligencia de The Economist (EIU). Las libertades actuales se ven cada día más deterioradas, no tanto por regímenes autoritarios ni por la inestabilidad, sino por la apatía política, síntoma de falsas promesas electorales y de la desinformación que genera la falta de participación cívica. Con la intención de ralentizar estos efectos, los espacios de participación ciudadana tienen la virtud de crear un ecosistema para el diálogo que va mucho más allá de un post de Instagram o un tuit.
La participación ciudadana no es un acto de buena voluntad; es un ejercicio que ocurre de forma continua. Es salir a la calle para construir un imaginario colectivo, un lenguaje común con el que soñamos una realidad alterna. Por ejemplo, los países que ofrecen espacios para el debate público cuentan con referentes como Speakers’ Corner (Esquina de Oradores), un símbolo mundial de la libertad de expresión ubicado en Hyde Park, Londres, que desde 1866 funciona como plataforma política. Décadas más tarde, este rincón daría lugar al evento ‘Women’s Sunday’, que abrió camino al voto femenino en 1908. Aquí, el diálogo que surge de las calles sigue influyendo en lo que ocurre en las urnas.
Habitar los espacios públicos para el diálogo es, precisamente, el eje del pensamiento del filósofo alemán Jürgen Habermas. Su idea central es clara: las sociedades democráticas solo pueden sostenerse si los ciudadanos dialogan libremente, argumentan y buscan consensos racionales. La ausencia de estos espacios facilita que liderazgos demagógicos se apropien de la estructura estatal, con el riesgo de que el país caiga en la corrupción o derive hacia el autoritarismo.
Tras los años 80, se pensó que el autoritarismo en América Latina había quedado atrás, pero hoy resurge con fuerza. En el caso de Panamá, según The Economist, somos una democracia defectuosa o imperfecta. Siempre lo hemos sido, pero eso no significa que no pueda cambiar. Esta condición responde a problemas de gobernanza, debilidad de la cultura política y a una libertad de prensa que cada día enfrenta mayores amenazas. La ausencia de espacios cívicos y, a la vez, el debilitamiento reciente de los sindicatos pasan factura a la calidad democrática. No obstante, frente a este vacío, surgen grietas de resistencia: esfuerzos que, aunque no todos conocen, han comenzado a hacerse notar en los últimos meses.
Quizá algunos los conozcan: el colectivo ‘Cinco Gatos Panamá’ que nace de la frase icónica una vez usada por el presidente Jose Raul Mulino sobre la reapertura de Cobre Panamá. Es una iniciativa creada y pensada por aproximadamente 20 ciudadanos que ha impactado a más de 1,500 ciudadanos. Con una visión intergeneracional, son la única iniciativa que creó debates abiertos sobre la Ley 462, Reforma de la Caja del Seguro Social y el embalse de Río Indio. Desde su creación en 2025 han realizado alrededor de 18 actividades entre ellas: debates públicos, encuentros ciudadanos educativos, noches de cine y teatro latinoamericano, con temática ambiental, y actos cívicos públicos ambientales.
La iniciativa de talleres públicos enseña a las personas procesos de participación ciudadana facilitando el intercambio directo con tomadores de decisiones y especialistas, brindando las herramientas para la incidencia en la política nacionalasegura el colectivo. Estas iniciativas fomentan la interacción entre los panelistas y ciudadanos por medio del diálogo para alcanzar un entendimiento común.
Entendiendo que la única forma de cambiar el rumbo es ocupando el espacio que nos corresponde, participé durante el mes de febrero en el programa Pensar Panamá / Narrar la democracia, un proyecto gestionado por la Embajada del Reino Unido en Panamá y el medio periodístico Concolón, encabezado por la periodista Sol Lauría. Durante un mes, además de fomentar ideas para la redacción de una columna de opinión, se reflexionó sobre la necesidad de espacios para “echar cuento”, como decimos en Panamá, o más bien para escuchar y narrar la democracia desde el imaginario colectivo. Si utilizamos estos espacios para contar nuevas historias, nuestro entorno empieza a transformarse.
Salgo de esta experiencia convencida de que la participación ciudadana no es un privilegio, sino una necesidad y, por ende, un derecho. El espacio cívico no se pide: se toma. Es nuestra forma de reclamar soberanía frente a la esterilidad política. Narrar la democracia desde estos espacios implica crear nuevas ideas, transformar conceptos y abrir caminos. Prestarnos para el diálogo es ejercitar la democracia mientras ejercemos nuestro derecho a la libre expresión.
La autora es internacionalista.

