Llegamos al año preelectoral con las mismas discusiones sobre la silla presidencial, las alianzas, las traiciones y los perfiles. Hago un llamado a enfocarnos en la Asamblea Nacional (AN). No necesitamos solo un buen presidente en el Palacio de las Garzas, sino un par de docenas de buenos diputados.
Desde que Martinelli “empoderó” a los diputados durante su quinquenio para tener una mayoría legislativa que le permitiera desarmar los controles institucionales y lograr sus chanchullos, el poder de la AN ha crecido como un cáncer en nuestro sistema político. Los diputados pasaron de ser representantes de sus circuitos y formar parte del debate de leyes, a conquistar feudos territoriales e incluso adueñarse de los partidos por completo.
Esta distorsión, donde el poder no solo se concentra en la AN sin tener un sistema parlamentario, sino que se concentra en unos pocos diputados que, a través de prebendas e intimidación, monopolizan el poder legislativo, genera una situación de complicidad o confrontación con el ejecutivo.
Quien ocupe la silla presidencial, sea del partido que sea, tendrá que negociar o enfrentarse a una Asamblea que ha evolucionado por años, que ha encontrado en su poder de “negociar” un lucrativo negocio para sus dirigentes y en su capacidad de ser un obstáculo, una manera de doblegar las intenciones de los funcionarios.
Es por eso que repito, como lo hicimos en 2019, que nos enfoquemos en la AN. La libre postulación y los nuevos liderazgos partidistas deben ser una forma de “limpiar la casa”, como le dijo en su momento un magistrado del Tribunal Electoral a un recién electo presidente que se pasó el consejo por donde no llega la luz del sol.
Esta transformación para volver a ser un lugar de discusión legislativa y de fiscalización del Ejecutivo, puede ser una de las grandes transformaciones de la democracia. Imagínense una Asamblea donde podamos discutir el problema de la CSS sin temor de que estén negociando puestos o prebendas por los votos a favor o en contra. Una Asamblea donde podamos sentarnos como panameños a revisar nuestro sistema económico y de proyección de país sin temor a negociados, como el del Cemis, que benefician a las chequeras más grandes y que se aprovechan del país. Y una Asamblea donde finalmente podamos llevar a cabo las transformaciones de transparencia, corrupción y participación ciudadana que se requiere para quizá volver a confiar en la clase política.
Sé que hay más intriga en la silla presidencial y que ser presidente puede ser un trabajo chévere donde se puede hacer saludo militar y dar grandes discursos entregando casas, pero la transformación de la democracia no está en esa silla, porque quien se siente en ella tendrá a un cacareo de hienas dispuestas a preguntarle: ¿negociamos o peleamos?
El autor es director ejecutivo de Movin
