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Negociar bajo presión: lecciones de la era Trump

Negociar bajo presión: lecciones de la era Trump
Nuuk (Greenland), 21/01/2026.- The sun sets over Nuuk, Greenland, 21 January 2026. (Groenlandia) EFE/EPA/MADS CLAUS RASMUSSEN DENMARK OUT

Hace poco más de un año dio inicio el segundo período del presidente Donald J. Trump al frente de la Presidencia de Estados Unidos. Enarbolando la bandera de America First, logró cautivar la voluntad de millones de estadounidenses, así como de importantes sectores conservadores y de ultraderecha a nivel internacional e, incluso, con el paso del tiempo, de un segmento más amplio de la opinión pública global.

Desde el inicio, su administración estuvo marcada por una intervención directa en la resolución de viejos y prolongados conflictos a nivel internacional. Mediante métodos poco ortodoxos y disruptivos, logró en corto tiempo alterar dinámicas largamente estancadas, sacudiendo la parsimonia y el statu quo que caracterizaban la gestión de algunos de los principales problemas que atravesaba el mundo. ¿Cómo ha logrado esto con tanta rapidez? A través de una estrategia de negociación singular, basada en la presión constante y el replanteamiento forzado de escenarios.

Al llegar nuevamente a la presidencia, dos temas marcaron su agenda internacional. El primero fue la migración irregular, que desbordaba las fronteras del continente y que, en Panamá, encontraba uno de sus trayectos más peligrosos y mortíferos. Vinculado directamente con nuestro país, también identificó la necesidad de contrarrestar lo que su administración denominó la influencia maliciosa del Partido Comunista Chino en Panamá. Ambos asuntos fueron ampliamente abordados en su discurso de toma de posesión, delineando con claridad la estrategia a seguir. No fue casual que la primera gira del secretario de Estado, Marco Rubio, comenzara precisamente en Panamá para tratar estos temas, con resultados hoy conocidos.

De manera paralela, la atención se centró en el déficit comercial estadounidense con el resto del mundo. Tras anuncios sucesivos y la implementación de incrementos significativos en los aranceles a economías como China, Europa e India, la administración optó por imponer un arancel mínimo estándar para todos los países, acompañado de la renegociación de intereses estratégicos con el objetivo de compensar dicho déficit. En este escenario, los Estados se vieron obligados a negociar bajo condiciones previamente fijadas.

Posteriormente llegó el turno de los conflictos armados. La intervención de la administración Trump en diversas guerras siguió un patrón común: presionar a las partes involucradas para forzarlas a sentarse a la mesa de negociación. Incluso cuando parecía que los esfuerzos diplomáticos con Rusia estaban destinados al fracaso, el presidente decidió respaldar la aprobación de un proyecto de ley que contemplaba aranceles del 500% para Rusia y cualquier país que mantuviera relaciones comerciales con Moscú. El 23 de enero de 2026, por primera vez, representantes de las partes en conflicto se sentaron en la misma mesa junto a Estados Unidos.

La crisis venezolana no fue ajena a esta lógica. Se ejerció una presión sostenida en los planos económico, político y militar, mientras hoy comienzan a conocerse detalles de las negociaciones que, tras bambalinas, condujeron al desenlace conocido.

El último capítulo fue Groenlandia, que por largo tiempo había captado su interés. Durante semanas, el mandatario elevó el tono frente a la OTAN y Europa, llegando incluso a mencionar el uso de la fuerza militar como una posible vía. Sin embargo, durante los recientes encuentros en Davos se sentaron las bases para una nueva forma de cooperación estratégica en la isla más grande del planeta.

Se puede estar de acuerdo o no con sus métodos; ignorar la lógica que los sustenta sería un error. La experiencia reciente demuestra que esta forma de negociación parte de la creación deliberada de escenarios de presión para romper inercias, redefinir costos y obligar a los actores a recalcular sus márgenes de maniobra. Para países como Panamá, comprender esta dinámica no es un ejercicio académico, sino una necesidad estratégica. Leer correctamente el contexto, anticipar los momentos de tensión y llegar a la mesa con claridad de objetivos será determinante para defender los intereses nacionales en un nuevo entorno internacional, donde la preparación y la firmeza pesan tanto como la voluntad de cooperar.

El autor es abogado.


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