En el imaginario popular, el término “neoliberal” es generalmente utilizado en referencia a políticas o prácticas en las que se favorece al libre mercado y al desarrollo de la empresa privada como punta de lanza para el desarrollo económico y social de los países. Sin embargo, esto, en lugar de ser un simple identificador de una nueva ola de una corriente liberal, como podríamos deducir etimológicamente sin leer entre líneas, es utilizado de forma peyorativa dentro de un discurso perverso que busca desacreditar esta corriente sociopolítica en favor de más intervencionismo y menos libertades.
En su ensayo “Por qué no soy un neoliberal” (https://www.aier.org/article/why-i-am-not-a-neoliberal), Phillip W. Magness, docente investigador senior y director de investigación y educación del American Institute Economic Research, analiza de manera clínica el porqué el uso del término “neoliberal” no se puede usar bajo ninguna manera por los “fans” de más gobierno en nuestras vidas, por la sencilla razón de que no tienen la más remota idea de lo que significa el término.
En su uso, el término “neoliberal” es intencionalmente impreciso, dado que, como explica Magness, este “funciona de manera amorfa como un sobrenombre para un orden económico indeseable”. No solamente eso, sino que dentro de todo lo que abarca ese espectro, se coloca en una misma bolsa conceptos, que aun siendo mutuamente excluyentes, son opuestos a las filosofías de izquierda, y por ende tachados de negativos. Esta larga lista incluye la economía de libre mercado, el globalismo y otras libertades económicas, individuales y sociales, es decir, el término “neoliberal” en su uso y contexto es un ataque a todo aquello que nos ha dado prosperidad.
Según Magness, la característica peyorativa es en sí misma una característica del sobrenombre, y surge principalmente de la convicción del usuario de que él o ella está persiguiendo la causa colectiva de la justicia económica y política, frustrada solo por el interés propio del adversario “neoliberal”. Los detractores dicen tener la “verdad” de su lado y cualquier oposición no es digna de consideración.
Lo absurdo de la lógica queda revelado por la falta de coherencia: “Desde este punto de vista, incluso las instituciones de mercado más mundanas aparecen como esfuerzos conscientes para afianzar la injusticia y preservar el statu quo económico de la desigualdad en la distribución de los recursos... El único resultado democrático permitido no se parece al deseo de una mayoría popular sino más bien a algo sospechosamente similar a un conjunto predeterminado de preferencias de políticas avanzadas en nombre de la “justicia social”. Los autodenominados “expertos” saben más que nosotros y debemos ser removidos a como dé lugar, de los pasillos del poder.
Phillip finaliza diciendo, “El principal propósito del sobrenombre neoliberal se ha convertido en un medio para barrer a una amplia gama de ideas, argumentos y evidencia que de otra manera desafiarían los principios ideológicos de quienes utilizan el término de manera peyorativa”.
En resumen, el uso de la palabra “neoliberal” es una forma que le permite al usuario desacreditar al interlocutor sin la necesidad de abordar el argumento debido a la falta de argumentos. Por estas razones, entre otras, yo no puedo ser nunca, un “Neo Liberal”.
El autor es director de la Fundación Libertad
