Este es un recordatorio necesario para la clase dirigente y el conjunto de la ciudadanía: las fortalezas de este istmo son activos estratégicos que, ante las tensiones entre potencias y decisiones internas erráticas, están bajo presión. Nuestra senda está trazada desde hace siglos y 2026, año en que conmemoramos los 200 años del Congreso Anfictiónico, nos obliga a retomar la altura de miras que el mundo espera de nosotros.
La esencia del Tratado de Neutralidad Permanente es el blindaje soberano que declara que el territorio nacional constituye una vía dedicada a la paz. La reciente ofensiva diplomática para sumar nuevos adherentes a los casi 50 países que ya han suscrito el protocolo es una señal correcta y urgente. En un contexto donde surgen amenazas externas sobre la soberanía y gestión de la vía, la neutralidad deja de ser una abstracción para convertirse en nuestra armadura jurídica.
Mientras naciones hermanas como Colombia y Venezuela son signatarias históricas, y Chile se consolida como el mayor usuario latinoamericano de la vía, actores clave aún permanecen al margen. China, segundo usuario global, ha mantenido una postura de no adhesión formal, y gigantes regionales como México y Brasil tampoco se han sumado. Lograr que estos países se adhieran es un acto concreto para reafirmar que Panamá es un país seguro, estable y, sobre todo, soberano. La neutralidad es lo que impide que el Canal se convierta en botín de guerra en la disputa por la hegemonía global.
Esta neutralidad se vuelve estéril si no se protege la estabilidad democrática interna. Una nación en conflicto consigo misma no puede ser garante de paz para el mundo. Nuestra democracia debe reflejar la previsibilidad que proyectamos hacia afuera.
Nuestra segunda gran fortaleza, el puente biológico, es una potencia económica subestimada que no admite comparaciones simplistas con otros modelos. Algunos sostienen que, si Chile o Perú desarrollan minería metálica, Panamá puede hacerlo también. Ignoran un hecho elemental: esos países operan en zonas desérticas con escaso régimen de precipitaciones. Panamá, por el contrario, es una de las regiones más lluviosas del planeta. Aquí la minería no ocurre en un desierto inerte, sino en el corazón de un corredor biológico donde el agua alimenta el Canal y el consumo humano.
Insistir en la minería metálica, soslayando la destrucción ambiental y los cuestionamientos jurídicos existentes, constituye un error estratégico. Poseemos más especies de aves que todo el territorio de Estados Unidos y una densidad de vida que puede ser motor de la economía verde del futuro. Cambiar este patrimonio por un extractivismo finito debilita nuestra ventaja competitiva duradera: ser refugio de vida del continente. El jaguar, el águila harpía y los bosques nubosos representan activos más resilientes que cualquier enclave minero.
Estas dos columnas sostienen nuestro ecosistema logístico y nuestro capital multicultural. El legado de 1826 no es un documento guardado en un cajón. Al cumplirse 200 años del sueño de Bolívar, Panamá debe reafirmar su vocación de consenso en la próxima reunión continental. Más allá de coyunturas políticas y presiones externas, nuestra senda es ser punto de encuentro de las naciones. Panamá no es una finca de recursos agotables; es el vértice donde la paz se negocia y la vida se preserva. A los líderes corresponde actuar a la altura de esta geografía única y de nuestra historia bicentenaria.
El autor es periodista y filólogo.
