Esta semana tuve el infortunio de escuchar al ex alcalde de Colón Dámaso García en una entrevista. Muy seguro de sí mismo, dijo que él estaba libre y que era falsa la noticia de que había sido condenado a 5 años por peculado. Un día antes, el Ministerio Público en sus canales oficiales, anunció que lo habían condenado por emplear botellas, en panameño simple. Me pareció extrañamente descarada la postura del alcalde, que decía que él no había hecho nada malo.
Al día siguiente, nos desayunamos la noticia de que Patria Portugal había perdido una casación penal lo que reafirmaba la sentencia de 8 años que se le impuso. Ya cuando la corte te dice que tienes que cumplir sentencia no hay más nada que hacer, ya pasó por el proceso, la condenaron, apeló y perdió. Sin embargo, en redes la exfuncionaria sigue defendiendo su inocencia, alegando un proceso injusto y una persecución política.
Ya con estos dos casos comencé a ver un patrón. ¿Será que las condenas ya no son condenas? ¿Cómo es posible que personas condenadas tengan el descaro de salir a la palestra pública a alegar su inocencia luego de pasar por procesos judiciales?
A parte, no estamos hablando de casos de alto perfil donde quizá se puede plantar la duda de algún tipo de motivación política, son dos ex funcionarios, honestamente de baja categoría y sin militancia política reconocida, que simplemente fueron agarrados infringiendo la ley.
Cuando aún no salía de mi asombro, un tercer caso cayó dentro del mismo patrón. La esposa del ex alcalde de San Miguelito fue condenada por peculado por tomar una licencia con sueldo para ir a ser pastora de una iglesia evangélica. Igual que sus co-condenados, su defensa alega que como no han tenido acceso a la sentencia, no ha sido condenada, y que la condena no significa nada hasta que no tengan oportunidad de agotar las instancias de apelación.
Y la cereza del pastel para mí fue ver al ex ministro de Economía Frank de Lima aparecer en la audiencia de Odebrecht, donde está mencionado, pararse frente a las cámaras a decir que todo será aclarado, cuando sobre él también pesa una condena por falsificación de documentos y cuyo testaferro hizo un acuerdo de pena.
Entonces me quedo con la duda, ¿qué es una sentencia? ¿Qué es una condena? ¿No es acaso la culminación de un proceso de investigación exhaustivo con pruebas y validado por un juez?
Estamos bien jodidos en materia judicial, cuando aquellos que pasan por este proceso, y son encontrados culpables se sienten con la libertad y la valentía de pretender que no ha pasado nada, de alegar su inocencia a pesar de haber agotado todas las instancias que les permite nuestro sistema.
El autor es director ejecutivo de Movin.
