Nils Castro nació en Puerto Armuelles el 3 de junio de 1937. Su infancia transcurrió con el telón de fondo de la Segunda Guerra Mundial. Hijo de un laboratorista del hospital de la United Fruit Company, procedente de raíces campesinas del cantón de Alajuela, Costa Rica, y de una maestra de escuela pública, recibió desde temprano un ejemplo de superación. Su padre, autodidacta y becado, desarrolló en Puerto Armuelles el método de la “gota gorda” para el diagnóstico rápido de la malaria y, gracias a unas regalías y a un acuerdo de 1942 que facilitó estudios en Brasil, pudo formarse como médico en ese país. Su madre, Ligia Herrera, conservó siempre la vocación intelectual: estudió geografía en la Universidad de Panamá, se doctoró en Chile y obtuvo reconocimiento público por su trayectoria científica.
En su juventud fue enviado por su padre a estudiar a México, donde la experiencia escolar en un colegio con profesores militares y exiliados republicanos españoles lo marcó políticamente. Allí se formó en el nacionalismo y el pensamiento socialista, y se involucró en el movimiento estudiantil de la UNAM. En la universidad entabló relación académica y personal con Adolfo Sánchez Vázquez, quien sería su maestro, editor y amigo; también fue influido por profesores como Elí de Gortari. Inicialmente matriculado en Economía por presión paterna, cambió a Letras con la intención de especializarse en dramaturgia —motivado por Rogelio Sinán—, aunque su actividad intelectual se volcó más hacia el periodismo y la escritura de no ficción, además de la escenografía.
A comienzos de la década de 1960 aceptó una oferta para enseñar en la Escuela de Letras de la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba (1961), donde completó sus estudios en Letras y más tarde se graduó en Historia del Arte en la Universidad de La Habana. En Cuba amplió sus intereses académicos hacia la lingüística, la filosofía del lenguaje, la teoría de la comunicación y la semiótica, siguiendo autores como Umberto Eco. Desarrolló una carrera docente y administrativa universitaria: fue director de Métodos y Medios de Enseñanza en la Universidad de La Habana, director de Planificación Académica y responsable de relaciones con el CSUCA y las universidades centroamericanas; además, dirigió y reformó la Escuela de Relaciones Internacionales.
Su regreso a Panamá fue gradual. Desde 1974 comenzó a dictar cursos y realizar actividades universitarias y, en 1977, se trasladó definitivamente al país. Fue llamado a colaborar en la elaboración del programa del PRD y en las relaciones internacionales del partido durante la etapa de formación política de Omar Torrijos. Participó en la creación y funcionamiento de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPPAL), llegando a ser secretario ejecutivo y luego vicepresidente. Tras 1982 trabajó como asesor del presidente Arístides Royo y continuó vinculado al ámbito de las relaciones internacionales del partido. Más adelante, durante su exilio en México, reinició la docencia, centrado en Teoría de Sistemas y Sistemas Políticos Latinoamericanos, y se dedicó al periodismo de análisis político regional.
En la etapa democrática volvió a la diplomacia. Durante la campaña de Ernesto Pérez Balladares se encargó de las relaciones internacionales y, una vez electo este, fue nombrado embajador en México. En el gobierno de Martín Torrijos actuó como asesor del canciller Samuel Lewis Navarro y recibió encargos directos del presidente, además de ser designado embajador adjunto ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuando Panamá fue miembro no permanente.
Ha formado parte del Consejo de Relaciones Exteriores de Panamá y coordina el Grupo de Reflexión por Panamá, un colectivo de análisis público reconocido por su continuidad, ética y calidad intelectual. Entre sus autores preferidos figuran Karl Marx y Gabriel García Márquez; como figuras históricas contemporáneas destaca a Fidel Castro y Omar Torrijos, a quienes valora como líderes éticos y políticos singulares en sus respectivas circunstancias.
Su trayectoria combina docencia universitaria, investigación en humanidades y comunicación, participación política y diplomacia, perfil que lo ha convertido en una voz respetada en los debates sobre cultura, política y relaciones internacionales en Panamá y la región, probablemente más reconocida en el exterior que en su propio país. Entre las figuras internacionales que han ponderado su trabajo se encuentran Marco Aurélio Garcia, asesor de Lula da Silva y Dilma Rousseff; Jorge Taiana, ministro y diplomático argentino; y Fernando Martínez Heredia, pensador revolucionario cubano, entre otros.
Considero que, en última instancia, la obra que nos ocupa hoy, intitulada Culturas, hegemonía, contracultura y emancipación, puede ubicarse dentro del análisis cultural de Antonio Gramsci. ¿En qué sentido? Para el pensador italiano, la cultura no es algo neutro: es el terreno donde se juega la lucha por el poder. La clase dominante no solo impone su voluntad por la fuerza, sino que logra que su forma de ver el mundo parezca natural y obvia, el “sentido común” que todos aceptan. Esto ocurre gracias a instituciones como la escuela, la religión o los medios de comunicación, que reproducen valores y normas funcionales a los poderosos. Por ello, la cultura es una batalla: los colectivos subalternos deben crear y difundir sus propias ideas y prácticas, una contrahegemonía que cuestione lo que se presenta como inevitable y abra la posibilidad de transformar la sociedad.
Otra característica relevante del ensayo es que, frente al uso frecuente de la posmodernidad como instrumento analítico en los estudios culturales, Castro se distancia de esta perspectiva. En la introducción advierte sobre la necesidad de certezas que permitan establecer una brújula confiable a partir del estudio de la experiencia histórica que nutre a las diversas culturas. Incluso plantea la existencia de un “pantano posmoderno”, que no aporta al caminar utópico propuesto por el autor. En ese punto se juega la constitución de la contracultura, o, en términos gramscianos, de la contrahegemonía.
Los veintitrés capítulos o secciones del libro poseen un hilo conductor claro e interesante, con el telón de fondo de uno de los tópicos centrales en todo el quehacer intelectual de Castro: situarse desde los intereses nacionales y el análisis de las clases sociales. Solo resta decir que recomiendo la lectura de este libro como una invitación a desafiar la cultura dominante —en el sentido marxista de cultura de la clase dominante— y a ensayar alternativas contrahegemónicas y emancipatorias.
El autor es doctor en filosofía.

