En una conversación esta semana con Rodrigo Noriega, a quien admiro de sobremanera, me dijo algo que me quedó resonando. “Panamá no está viendo las señales”.
Y me quedé pensando en esas señales. Panama Papers, las listas negras y grises, la nota de The Guardian sobre Zona Libre, las críticas de la Unión contra Irán nuclear sobre el manejo de nuestro abanderamiento de barcos, las menciones en los últimos años en el reporte de la Sociedad Interamericana de Prensa, el reporte de Derechos Humanos del Departamento de Estado de Estados Unidos y bueno recientemente la inclusión de Ricardo Martinelli en la lista de actores corruptos de ese país.
Todas estas son señales de que nuestro país no anda por buen camino. Muchas de las industrias que lograron crecer a Panamá por décadas simplemente no tienen cabida en un mundo más interconectado y más transparente.
¿Pero, por qué no hemos podido replantearnos estas industrias? La teoría que salió de nuestra conversación es que muchas de nuestras actividades económicas están secuestradas por un matrimonio corrupto y repugnante entre ciertos empresarios con ambición desmedida y una clase política acomodada. Este concubinato verdaderamente escandaloso genera un endoso de las políticas públicas, que deberían estar en las manos de los legítimos representantes del poder público, en quienes se benefician económicamente de mantener las políticas económicas como están, en detrimento de los demás panameños.
La solución salta a la vista: hay que divorciarlos, separar los bienes y establecer custodia de los niños. El tema es que el divorcio hay que imponerlo, porque ya sea por amor o conveniencia esos dos renuevan sus votos cada 5 años.
Entonces tenemos dos opciones, que en realidad se reduce a una. Tenemos que cambiar las reglas del juego, y es posible mediante reformas electorales. El problema es que ese matrimonio es el que controla el tablero donde se dibujan las reglas.
¿Entonces qué nos queda? Mejor oferta electoral, vigilancia ciudadana y joder y joder y joder. La primera es responsabilidad de una nueva clase política, ahí los de libre postulación y nuevos partidos están haciendo su trabajo. De la segunda se pueden encargar los medios de comunicación, que bastante bien lo han hecho en los últimos años exponiendo las irregularidades en nuestro país. Y la tercera a los ciudadanos, que no basta solo indignarse, joder es tomar acción, es involucrarse, votar y votar mejor.
El autor es director ejecutivo de MOVIN.
