Crece la conciencia de la crisis educativa y va subiendo de volumen el clamor por una educación de calidad para todos. El barco ha zarpado, pero aún va a la deriva. Necesitamos saber a dónde está el norte. Es decir, saber qué es una educación de calidad. Pero saber a dónde queremos ir tampoco es lo mismo que saber llegar. Este barco necesita también la brújula de una evaluación constante, que nos diga dónde estamos parados, y nos ayude a tomar decisiones basadas en evidencia sobre el camino correcto a tomar.
Lamentablemente, un estudio reciente documenta que la percepción panameña sobre calidad educativa y cómo lograrla está demasiado atada a las actividades extracurriculares y los concursos, la infraestructura y la tecnología. Sin embargo, sabemos que un buen docente hace mucho con poco y que lo reverso no es cierto.
Una educación de calidad implica el desarrollo de habilidades como el razonamiento lógico, el pensamiento crítico, la creatividad, la resolución de problemas, la perseverancia y la empatía. Además, incluye el cultivo de actitudes como la conciencia de la interdependencia ecológica y social, el gusto por la lectura y el aprendizaje.
Tal educación debe ser accesible a todos y responder a las necesidades de cada uno para el logro de su potencial, incluyendo la contextualización local y cultural. Para llegar allá necesitamos un sistema que administre con eficiencia los recursos, capaz de adaptarse e innovar, y de planificar a largo plazo. Debemos prestar atención a la formación y el apoyo a docentes y directores, a la educación inicial, a los adolescentes que abandonan un sistema que ya los abandonó a ellos, y a las universidades que han de generar el conocimiento y el capital humano que necesitamos.
La autora es doctora en educación, miembro de Ciencia en Panamá