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¿Nos faltaron los suizos o nos sobraron sirenas?

¿Nos faltaron los suizos o nos sobraron sirenas?
Ilustración conceptual elaborada con asistencia de ChatGPT (OpenAI).

Si las leyes de un país se midieran por la belleza de sus promesas, el nuestro sería una utopía irrompible. Sin embargo, el descontento ciudadano frente a la realidad nacional nace de un error de origen: nuestro armazón estatal se diseñó con la idea equivocada de que la virtud de los gobernantes sería suficiente para tener un país próspero y justo.

Nos vendieron un manual de buenas intenciones y una estructura supeditada a “providencias externas”, junto con una gran lista de derechos que terminan siendo solo cantos de sirena, en lugar de diseñar herramientas que aten de manos la ambición humana. Como bien advertía el mito de Ulises, el héroe sabía que, de oírlas, corría el peligro de caer bajo sus embrujos. No confió en su propia fuerza de voluntad para resistir aquella melodía hipnótica y ordenó que lo ataran firmemente al mástil de su barco. Ese es el verdadero propósito de una constitución moderna.

Existe una narrativa muy arraigada, casi un dogma, que asegura que Panamá no avanza porque el panameño es culturalmente corrupto y adicto al “juega vivo”. ¡Que estudiemos nuevamente el catecismo! Es una mentira cómoda que solo conviene a quienes abusan del poder, pues nos vende la idea de que la salida es que todos seamos virtuosos para poder tener un buen país.

Todavía arrastramos el eco de Belisario Porras cuando, al justificar por qué no fuimos la “Suiza de América”, sentenció: “Me faltaron los suizos”. Pero ese es el gran engaño. Si trajéramos a los suizos a operar bajo las reglas actuales de nuestro país, terminarían igual. Lo que el presidente no dijo es que no debíamos traer a su gente, sino copiar las estructuras que los hacen exitosos.

Es urgente despertar de ese relato que repite que solo si cambiamos esa “cultura” avanzaremos y que termina haciéndonos sentir culpables, bajo la premisa de que el fracaso es nuestro por no saber elegir a los virtuosos. Y así estamos, quinquenio tras quinquenio, mientras nos restriegan en la cara que “la culpa es tuya, yo no voté por él”. Hace siglos, los arquitectos de las democracias más prósperas ya lo entendieron: los hombres no son santos. El problema no es nuestra genética; son las reglas del juego.

El éxito más grande de nuestra historia reciente es la prueba viva de ello. El Canal de Panamá es un modelo global de eficiencia operado por panameños, y lo es porque su título constitucional le otorgó una verdadera autonomía financiera y administrativa, blindándolo de los vaivenes electorales, el clientelismo y la improvisación. Los mismos ciudadanos que supuestamente llevan el “juega vivo” en el ADN administran la vía interoceánica con estándares del primer mundo porque el diseño institucional se los exige y se los permite. Si esta fórmula de ingeniería funcionó allí, ¿por qué insistimos en gobernar el resto del país con reglas que garantizan el fracaso?

Para que nuestra nueva constitución sea el motor de un cambio real, el debate debe estar enfocado en perfeccionar la estructura gubernamental para eliminar los conflictos de intereses y crear incentivos adecuados en el ejercicio del poder. Bajo esta premisa, debemos adoptar las herramientas que han hecho fuertes a otras democracias.

En primer lugar, debemos atar al presidente de turno, restándole facultades de injerencia directa. En segundo lugar, consolidar una verdadera separación de poderes mediante frenos y contrapesos efectivos, garantizando que el presupuesto de la justicia y los mecanismos para el nombramiento de los magistrados posean una autonomía real y sean ajenos al arbitrio presidencial. En tercer lugar, establecer que el ingreso y la permanencia del empleado público dependan de concursos estructurados por méritos, desvinculando el aparato estatal del destructivo vaivén político de cada quinquenio. Finalmente, este engranaje necesita una fiscalización activa de la sociedad civil y transparencia absoluta.

Las leyes de la física funcionan: si construyes un edificio con vigas débiles, se cae. Lo mismo ocurre en la política: si diseñas un Estado con un hiperpresidencialismo sin frenos, obtienes corrupción. Si dejamos de culpar a nuestra cultura y empezamos a exigir estructuras probadas de control, la nueva constitución dejará de ser letra muerta sobre el papel para convertirse en el mástil que salve nuestro futuro.

La autora es arquitecta.


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