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Nuestros amigos también reparan

Nuestros amigos también reparan

Sabemos lo importante que es establecer una relación segura, confiable, emocionalmente disponible y cercana entre un bebé y su cuidador principal —ya sea mamá, papá o abuela—. Sabemos que ese vínculo empieza a formar una plantilla relacional en la infancia. Sabemos que, en la adolescencia y en la adultez, usaremos esa plantilla relacional para construir relaciones íntimamente significativas, como las que tenemos con nuestras parejas.

Pero ¿sabemos que nuestras amistades adultas también pueden ofrecernos nuevas experiencias sobre las cuales construir formas más seguras de relacionarnos? Y, más importante aún, ¿sabemos cuán poderosas son esas relaciones platónicas sanas y seguras en nuestra vida adulta, incluso como experiencias reparadoras frente a heridas que se instauraron en la infancia?

Aunque algunas heridas son más profundas y cargan nombres diferentes —rechazo, abandono, desconfianza, violencia, por nombrar algunas—, todas dejan cicatrices invisibles y escurridizas que se cuelan en nuestras relaciones más cercanas.

Los avances en la investigación sobre apego y desarrollo nos ofrecen una semilla de esperanza: nuestras formas de vincularnos no quedan escritas en piedra durante la infancia. A lo largo de la vida, nuevas experiencias relacionales pueden ayudarnos a construir formas más seguras de confiar, relacionarnos y sentirnos acompañados.

Es por eso que los profesionales de la salud mental hablamos tanto de lo importante que es ser y tener relaciones sanas: entendemos lo medicinal que puede ser un gesto amoroso y el potencial que tienen estos vínculos para transformar la manera en la que aprendemos a confiar y vincularnos con los demás. Pero poco se habla de que es en nuestras amistades donde también podemos reparar algunas de esas heridas.

El valor de los amigos adquiere especial relevancia durante la adolescencia, una etapa en la que estamos construyendo nuestra identidad y ampliando nuestro mundo más allá de la familia. Las amistades se convierten entonces en espacios importantes para explorar quiénes somos, qué valoramos, dónde sentimos pertenencia y cómo aprendemos a relacionarnos con los demás.

Con el paso de los años y con la llegada de otras etapas, como la formación de una pareja o una familia, las amistades pueden ocupar menos espacio. Sin embargo, su valor no desaparece con la adultez.

A diferencia de muchos vínculos familiares, las amistades son relaciones que elegimos. Y es en ellas donde podemos encontrar un espejo amoroso que puede mostrarnos partes de nosotros mismos que quizás no aparecen de la misma manera en otros vínculos, ni siquiera con nuestras parejas, nuestros compañeros de trabajo o nuestras familias.

Es precisamente en esas relaciones platónicas donde podemos encontrar un espacio seguro para ser nuestras versiones más auténticas. Y es en ese espejo que nos ofrecen nuestras amistades —lleno de amor, reconocimiento, validación, orgullo y admiración— donde no solo fortalecemos nuestro sentido de identidad y pertenencia, sino que también encontramos un bálsamo para esas cicatrices emocionales e invisibles que se instauraron en nuestra infancia.

Una amistad sana es aquella que nos ofrece seguridad en momentos de crisis, tristeza y dolor. Es aquella en la que podemos sentirnos aceptados como somos, pero que también nos habla con honestidad compasiva cuando percibe que estamos cometiendo un error. Es aquella que protege la relación con límites sanos y que sabe cómo respetarlos. Que asume con responsabilidad la importante tarea de cuidar una relación. Que nos ayuda a vernos con ojos más compasivos, honestos y amorosos cuando quizás no podamos hacerlo por nuestra cuenta. Que puede atravesar las transiciones de la vida, aunque se sientan difíciles e incómodas. Que fortalece la confianza en los demás y en uno mismo. Es dinámica y viva; se adapta según las circunstancias de la vida. No le da miedo tener conversaciones importantes y lo hace con extremo cuidado y delicadeza, recordando que hay personas reales en esa relación.

Muchas personas aprendieron desde la infancia que el mundo es un lugar peligroso, amenazante e inseguro para vivir. Quizás por lo que vieron en casa, por el ambiente físico y emocional en el que crecieron o por las creencias que fueron aprendiendo acerca del mundo. Nuestros amigos pueden ser la llave para descubrir que no siempre es así.

Cuando encontramos a alguien en quien podemos confiar, también empezamos a descubrir que el mundo puede ser un lugar un poco más seguro.

Busquemos a ese amigo; seamos esa amiga. No subestimemos cuán transformador y reparador puede ser tener un buen amigo en esta vida.

La autora es psicoterapeuta y escritora.


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