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Nuestros hijos también necesitan protección en el mundo digital

Nuestros hijos también necesitan protección en el mundo digital
Los críticos dicen que las empresas de redes sociales no han hecho lo suficiente para proteger a los niños. / Getty Images

Durante generaciones enseñamos a nuestros hijos una regla sencilla: no hables con extraños.

Sabíamos dónde estaban esos extraños. Podían aparecer en una calle, un parque, afuera de una escuela o acercarse a un niño cuando ningún adulto estaba presente.

Hoy, el extraño puede estar dentro de su habitación.

No necesita cruzar la puerta de nuestra casa. Puede llegar a través de un teléfono, un videojuego, una plataforma de mensajería o una red social. Puede presentarse como alguien de la misma edad, compartir aparentemente los mismos intereses y construir durante días o semanas una relación de confianza que, para un niño o adolescente, puede parecer completamente real.

Ese cambio obliga también a cambiar nuestra manera de protegerlos.

La explotación de menores en entornos digitales no es una amenaza hipotética ni un problema exclusivo de otros países.

En abril de 2026, Panamá participó en la operación internacional “Aliados por la Infancia VI”, desarrollada simultáneamente en 15 países para combatir la explotación sexual de niños, niñas y adolescentes en entornos digitales. En territorio panameño se realizaron allanamientos en Panamá y Chiriquí, y siete personas fueron inicialmente aprehendidas por presuntos delitos relacionados con la posesión y distribución de material de abuso sexual infantil.

Las autoridades panameñas informaron, además, que desde 2019 las operaciones internacionales desarrolladas dentro de esta iniciativa habían permitido detener a 60 agresores sexuales en línea y rescatar a 21 menores.

Las cifras son importantes.

Pero detrás de cada cifra existe un niño.

Y detrás de muchos de estos casos existe un proceso que los padres necesitan comprender.

No siempre comienza con violencia.

Puede comenzar con una conversación.

Un mensaje aparentemente inocente. Una amistad. Un cumplido. Alguien que escucha problemas que quizás el adolescente no se atreve a contar en casa. Poco a poco se establece confianza. Después pueden aparecer solicitudes de fotografías, videos o conversaciones íntimas.

Entonces cambia la relación.

Lo que parecía amistad puede convertirse en manipulación.

Y aquello que el menor compartió creyendo que permanecería privado puede convertirse en un instrumento de amenaza, humillación, explotación o chantaje.

Panamá ya ha conocido casos con estas características.

En junio, la Policía Nacional informó sobre la condena a 15 años de prisión de un hombre que, según las investigaciones, establecía contacto con adolescentes mediante TikTok, se ganaba su confianza y posteriormente les solicitaba fotografías y videos íntimos.

Ese detalle debería preocuparnos especialmente.

El mecanismo utilizado por el agresor no comenzó necesariamente con una amenaza.

Comenzó ganándose la confianza.

Por eso, proteger a nuestros hijos en internet no puede reducirse a revisar teléfonos, instalar controles parentales o prohibir determinadas aplicaciones.

La tecnología ayuda.

La confianza protege más.

Un adolescente que piensa que será castigado, avergonzado o humillado si reconoce que envió una fotografía que no debía probablemente intentará ocultar el problema.

Y el silencio es precisamente lo que necesita quien pretende explotarlo.

Por eso hay algo que los padres debemos dejar extraordinariamente claro:

Cuando un niño comete un error en internet, el primer objetivo del adulto no debe ser castigarlo. Debe ser impedir que otra persona convierta ese error en un arma contra él.

Después habrá tiempo para enseñar, corregir y establecer límites.

Primero hay que proteger.

Esto requiere algo más difícil que instalar una aplicación: construir una relación en la que nuestros hijos sepan que pueden acudir a nosotros incluso cuando hayan cometido un error.

También debemos aprender a reconocer cambios de comportamiento.

Un adolescente que repentinamente siente miedo de revisar su teléfono, elimina compulsivamente conversaciones, recibe mensajes constantes de desconocidos, cambia bruscamente su estado emocional después de conectarse o comienza a aislarse puede estar atravesando muchas situaciones diferentes.

No debemos asumir automáticamente lo peor.

Pero tampoco debemos ignorarlo.

Preguntar con serenidad puede abrir una puerta que el miedo había cerrado.

Las escuelas también tienen una responsabilidad.

La educación digital no debería limitarse a enseñar cómo utilizar la tecnología. Debe enseñar a reconocer la manipulación, proteger la información personal, establecer límites, comprender que una persona en internet puede no ser quien dice ser y saber qué hacer cuando alguien cruza esos límites.

Panamá ya está avanzando en esa dirección.

La Comisión Nacional para la Prevención de los Delitos de Explotación Sexual (Conapredes), junto con fiscales, educadores, padres y unidades de la Policía de Niñez y Adolescencia, ha desarrollado jornadas de prevención en centros educativos en las que se abordan directamente temas como grooming, material de abuso sexual infantil, factores de riesgo, señales de alerta y denuncia oportuna.

Pero ninguna institución puede sustituir completamente la primera línea de defensa.

Esa línea comienza en casa.

Y cuando la prevención no fue suficiente, debemos saber dónde buscar ayuda.

La Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (Senniaf) mantiene una línea disponible las 24 horas para denunciar situaciones relacionadas con la protección de niños, niñas y adolescentes: 6378-3466. También puede utilizarse la línea 311.

La Senniaf identifica, además, otros canales oficiales: Ministerio Público, 520-1047; línea 147 del Mides; Dirección de Investigación Judicial, 512-2232; y Policía de Niñez y Adolescencia, 511-9540.

El Ministerio Público señala que las denuncias por delitos sexuales pueden presentarse ante sus oficinas de Atención Primaria y que, cuando existan fotografías, conversaciones u otros elementos relacionados con los hechos, estos pueden entregarse a las autoridades como evidencia.

Esto último es importante.

Ante una situación de posible explotación digital, nuestra reacción instintiva puede ser borrar inmediatamente aquello que nos horroriza.

Pero puede existir evidencia necesaria para identificar al responsable y proteger a otros menores.

Debemos acudir a las autoridades.

El mundo digital ofrece a nuestros hijos oportunidades extraordinarias. Allí aprenden, crean, descubren, juegan, hacen amistades y comienzan a explorar un mundo que será todavía más tecnológico que el nuestro.

La solución no es enseñarles a tenerle miedo.

Es enseñarles a navegarlo.

Y acompañarlos mientras aprenden.

Porque los niños merecen explorar el mundo, tanto físico como digital, sin vivir permanentemente bajo el miedo.

Pero esa libertad requiere adultos informados, atentos y dispuestos a escuchar.

Durante generaciones les enseñamos a nuestros hijos que, si alguna vez se perdían, debían buscar a un adulto seguro.

En el mundo digital debemos asegurarnos de algo todavía más importante:

que cuando tengan miedo, cuando hayan cometido un error o cuando alguien intente aprovecharse de ellos, sepan que ese adulto seguro puede encontrarse primero en su propia casa.

El autor es empresario.


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