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Occidente, permanencia y crecimiento: una reflexión necesaria

Occidente ha llegado lejos. Ha construido niveles de libertad, prosperidad, ciencia y organización social que no surgieron por azar ni por simple acumulación de poder. Surgieron de una visión del ser humano, de una filosofía moral y de una cultura muy concreta: la filosofía y la cultura judeocristianas.

Hoy, sin embargo, parece que, en nombre de la apertura, la tolerancia y el diálogo, Occidente comienza a dudar de sí mismo. Y cuando una civilización duda de sus fundamentos, no solo se detiene: se debilita.

Subir es relativamente fácil. Mantenerse en la cima, crecer de manera continua, ordenada y sostenible, es lo verdaderamente difícil. Todo sistema —biológico, económico o civilizacional— puede crecer rápidamente; lo complejo es permanecer sin perder identidad y evolucionar sin desintegrarse. Occidente enfrenta hoy ese desafío.

La democracia, tal como la conocemos, no es un artefacto técnico neutro. No es simplemente un método de votación ni una fórmula administrativa exportable a cualquier contexto cultural. Es, ante todo, la expresión de una concepción específica de la libertad, del valor del individuo, de la dignidad humana y de los límites del poder.

Esa concepción no nació en el vacío. Es heredera de Atenas y de Roma, y se consolidó a través de la filosofía y la cultura judeocristianas, que introdujeron una idea decisiva para la civilización occidental: que el ser humano posee un valor intrínseco, que la conciencia no pertenece al Estado y que el poder debe estar sujeto a la ley.

Cuando estos fundamentos se diluyen, la democracia se vacía de contenido y se convierte en un simple procedimiento, vulnerable a ser capturado por cualquier ideología organizada.

Es importante decirlo con claridad y sin agresividad: no todas las culturas ni todas las filosofías políticas buscan lo mismo. Existen sistemas de pensamiento que colocan al Estado por encima del individuo, que subordinan la verdad a la conveniencia política o que conciben a la persona como instrumento del proyecto colectivo.

Esas visiones pueden gobernar sus propias sociedades según sus criterios. Occidente no pretende imponerles su modelo. El respeto mutuo exige reconocer que cada civilización dirige su casa como le parece.

Podemos —y debemos— comerciar con todos, dialogar con todos y cooperar en ciencia, tecnología, ayuda humanitaria y atención de crisis globales. La unidad humana es real y valiosa. Frente a catástrofes, guerras o tragedias, Occidente ha estado históricamente dispuesto a tender la mano, no por cálculo, sino por convicción moral.

Pero esa unidad humana no implica comunión ideológica.

Respetar a otros pueblos no significa permitir que ideas ajenas a nuestra filosofía y cultura reconfiguren el corazón de nuestra civilización. La hospitalidad no es renuncia. El diálogo no es cesión de principios. La tolerancia no puede convertirse en autonegación.

Una civilización que deja de proteger su núcleo filosófico y cultural, en nombre de una apertura mal entendida, termina perdiendo aquello que la hizo capaz de dialogar con el mundo.

Occidente necesita recuperar una idea simple pero poderosa: la estabilidad y el crecimiento civilizacional requieren identidad clara y límites bien definidos. Los equilibrios institucionales, los controles y contrapesos, el pluralismo y la libertad de pensamiento solo funcionan cuando descansan sobre una base cultural compartida.

Esa base, nos guste o no admitirlo, es la filosofía y la cultura judeocristianas.

No se trata de imponer religión, ni de excluir a nadie, ni de negar la diversidad. Se trata de reconocer que, sin una columna vertebral ética y cultural, la diversidad se fragmenta, la libertad se erosiona y la democracia se vuelve frágil.

Si Occidente desea no solo sobrevivir, sino permanecer y crecer como civilización, el camino no pasa por diluir su identidad, sino por afirmarla con serenidad, respeto y firmeza.

El mundo puede ser un espacio de cooperación entre civilizaciones distintas. Pero para que ese diálogo sea real y equilibrado, cada una debe saber quién es, qué cree y cuáles son los límites de su casa.

Occidente haría bien en recordarlo, ahora que aún está a tiempo.

El autor es ingeniero.


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