Los presidentes de las 2 primeras décadas del siglo XXI, han sido para nuestro país, esos actores de novelas, que no es, hasta la trama final, que el público se da cuenta, del rol que jugaron, ya sea en el crimen, el robo o, simplemente en la conspiración para delinquir.
Desde fanáticos, seguidores de apóstoles evangélicos, que los exorcizaron, hasta el más reciente, que dio la impresión de ser aspirante a cura, de estampitas y medallitas de la Virgen María, colgadas del pecho, que anduvo detrás de “Pancho el Che Viejo” por todos lados, ninguno se anduvo por las ramas a la hora de tomar lo que consideró como propio cuando ascendieron al poder.
Absolutamente todos, demostraron tener un singular talento para la intriga, el descaro y la malicia. Personajillos admirablemente aviesos que fomentaron la oclocracia, para engañar a un gentío, y para imponer la cleptocracia que hoy tenemos; en un país que todavía sigue en el limbo de la Edad de Piedra, en cuanto a geopolítica, creencias religiosas y actividades políticas y económicas en general.
Sus círculos cero, estuvieron y están integrados por sujetos de reputación cuestionada y cuestionable. Gente que entran limpios y salen millonarios, y cuando entraron millonarios, salen billonarios. Del fascismo, pasando por la democracia cristiana, a la social democracia, lo que esta de moda es la “democracia funcional”.
Para algunos autores, la democracia funcional, es la doctrina política basada en la intervención del hombre en el gobierno», sin embargo, es público, y notorio que, en este país, se oye una sola voz: la que sale de la presidencia, cuando transcurran los 100 días de Pompeya, para que reviente el volcán.
No se escuchan las demandas del ciudadano de a pie, porque existe una oclocracia al frente del poder público, fruto de la acción demagógica, caldo de cultivo y ambiente propicio, para la Cleptocracia, sistema fundamentado en el robo del patrimonio público, institucionalizando la corrupción y sus derivados, como el nepotismo, el clientelismo político, el peculado y otros vicios, que siguen impunes, debido a que todos los sectores del poder están corruptos, donde la justicia, y todo el sistema político y económico, está podrido.
No es ningún secreto para nadie, que, en las últimas dos décadas, gran parte de la dirigencia política, ha amasado y sigue amasando grandes fortunas personales, cuyo origen no pueden explicar. Por eso nuestra economía ha decaído por completo, pues la corrupción sistemática engendrada significa que la economía está subordinada a los intereses de los cleptócratas.
Castigados por una profunda crisis moral, económica y política, somos víctimas de una red de corrupción. La sensación de desgobierno crece día a día., y al parecer lo que estamos viendo es, desorden, desconcierto, desarreglo, desbarajuste, caos, abandono, dejadez, desidia, descuido, desatención, negligencia, e incuria.
Cunde entre la ciudadanía, la sensación de falta de autoridad. ¿Por qué? La crisis ha demolido la imagen no solo de la política, sino de las clases dirigentes en general, a quienes la sociedad ve cada vez más cómplices de una gran impostura que llevó a un desastre, que hubiese podido ser evitado si no fuera por la codicia de unos y la incompetencia de otros.
El complejo sistema de poder que tenemos, ha generado fundadas dudas sobre la capacidad real de los gobiernos de los últimos 20 años, al tiempo que ha relegado la legitimidad democrática a segundo plano, configurando un sistema de poder en el que la legitimidad que emana de los ciudadanos tiene un papel secundario.
El resultado es la sensación de que los Gobiernos mandan poco, y que los gobernantes carecen de autoridad. No resultan convincentes en sus palabras, ni fiables en sus acciones. Falta de autoridad y confusión de responsabilidades, dan como resultado la sensación de desgobierno, que siempre es un factor de desasosiego social, porque no hay nada más inquietante que el caos. Y mientras sigamos en medio de este caos, la democracia funcional, no pasará de ser una oclocracia cleptocrática.
El autor es abogado
