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Odio en el deporte. ¡Basta Ya!

El deporte es una de las actividades que más pasiones genera en el mundo. Las rivalidades deportivas pueden llegar a desembocar en actos de violencia extrema. De todos los deportes, el fútbol es probablemente el mejor ejemplo de conductas violentas.

Son muchas las historias donde las “barras bravas” o “ultras” generan peleas entre los asistentes a partidos entre equipos rivales. En América, los “super clásicos” entre Boca Juniors y River Plate o Independiente y Racing implican movilizaciones de fuerzas del orden a los alrededores de los estadios donde se juegan los partidos, al punto que, al terminar el tiempo de juego, se desalojan las gradas de los visitantes y a la fanaticada local se le permite abandonar el estadio media hora después, cuando ya las autoridades despejaron el área.

En 1985, durante la final de la Copa de Europa entre Juventus y Liverpool en Bélgica, una pelea entre fanáticos produjo una avalancha humana con un saldo de 39 muertos y 600 heridos. En 1989, durante una semifinal de la Copa de Inglaterra entre Liverpool y Nottingham Forest en el estadio de Hillsborough, otra reyerta, sumada a la falta de organización en los accesos al estadio, terminó con un saldo de 96 muertos y más de 700 heridos. En 2018, disturbios entre los seguidores de Boca Juniors y River Plate antes de la vuelta de la final de la Copa Libertadores, obligó a la suspensión del partido. El miedo de las autoridades de Buenos Aires era tal, que el partido fue jugado semanas después en Madrid.

Ese tipo de refriegas tienen orígenes en rivalidades de largo tiempo atrás, especialmente entre los equipos de las mismas ciudades o regiones. En Madrid, el partido entre Real y Atlético; en Barcelona, entre el Barça y el Espanyol; en Sevilla, entre el Sevilla y el Betis; en Galicia, entre el Deportivo y el Celta; en Londres, entre Chelsea y Arsenal; en Manchester, entre United y City, son todos partidos “calientes” donde hay frecuentemente peleas entre aficionados.

Sin embargo, a pesar de que estos hechos se hayan casi normalizado como parte de lo que puede pasar en un partido de fútbol, otros elementos se han ido enraizando en las conductas de jugadores y fanáticos. En la actualidad, parecen cada vez más comunes los insultos de odio contra jugadores, árbitros y entrenadores durante los partidos. Se han tomado algunas medidas para evitar que esto ocurra, aunque no parecen haber logrado mucho.

Tradicionalmente, los futbolistas se han insultado entre ellos durante los partidos, aceptando implícitamente que “lo que pasa en el campo, se queda en el campo”. En un deporte donde el contacto físico entre los jugadores es la norma, no es de extrañarse que ocurran estos roces. Sin embargo, ya cuando los insultos provienen de la grada y se enfocan en jugadores particulares, haciendo referencia a su raza, origen u orientación sexual, el nivel de agresión llega a niveles mucho más serios.

La violencia verbal (e incluso física) en los estadios tiene varios elementos que contribuyen a su aparición. Por un lado, toda esta aversión a lo “políticamente correcto”, que en ocasiones corresponde a la más elemental educación. Así, hay quienes sienten que llamarle a alguien “negro” o “maricón” es “llamar a las cosas por su nombre”. Además, se suma la conducta de masas, donde nadie da la cara individualmente, sino como parte de un grupo donde muchos participan, pero sin identificar a nadie.

Obviamente, ciertos jugadores son más propensos que otros a recibir insultos racistas, homófobos o xenofóbicos. Mucho de ello depende del carácter y habilidades del jugador. Por lo general, los mejores suelen ser insultados más frecuentemente. Del mismo modo, si alguien es arrogante o peleón, se pone más fácilmente en la diana de estos energúmenos.

En las últimas semanas, en la Liga Española se han dado dos casos puntuales que ponen en evidencia el problema del odio en el fútbol. En el estadio del Espanyol, un grupo de “ultras” invadió el terreno para evitar que el F.C.Barcelona celebrase el título de liga que logró en ese partido. Los jugadores del Barcelona huyeron a los vestidores para no ser agredidos por los salvajes aquellos.

Una semana después, el jugador brasileño Vinicius Junior, del Real Madrid, fue agredido por fanáticos del Valencia ya desde su llegada al hotel, llamándole “mono” y “negro de mierda”. La diferencia a lo habitual es que el jugador se dirigió al árbitro y señaló puntualmente a dos tipos que le gritaban desde la grada. Como consecuencia de estos actos, se sancionó al Valencia con el cierre de esa grada por cinco partidos, se le quitó la sanción a Vinicius por una pelea en el terreno y alrededor del mundo se volvió a discutir la necesidad de imponer sanciones ejemplares a quienes caigan en estos insultos de odio.

Curiosamente, a pesar de que esto representa una oportunidad para erradicar estas conductas del fútbol profesional, no han faltado periodistas y fanáticos que se han dedicado a cuestionar las sanciones, porque consideran que beneficia a un equipo contrario al suyo. Algunos han llegado a justificar veladamente los insultos basados en que “Vinicius se lo busca”, dejando a un lado el fondo de todo esto, y que fuera muy bien resaltado por Xavi Hernández: “los futbolistas son, ante todo, personas que están haciendo su trabajo y nada justifica que tengan que soportar insultos y agresiones, sin importar el uniforme que vistan”. Y, de paso, amerita hacer un serio análisis de conciencia de la sociedad en que vivimos en el siglo XXI, donde el racismo y la homofobia parecen seguir intactos. Aunque se escondan tras una pátina de corrección demasiado delgada.

El autor es médico cardiólogo



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