Nuestros flamantes diputados acarician la luminosa idea de recibir cada uno un presupuesto de 20 mil dolores (“dolor viene de dólar”) para nombramientos de personal. Parece inminente realidad la inclusión de tales partidas en el presupuesto de la nación. Como el buen panameño que siempre intento ser, sugiero al ministro Alexander que condicione esos cuantiosos recursos a la designación de inspectores: fiscales, que exijan la facturas fiscales en los diferentes establecimientos comerciales; migratorios, que supervisen (en honor a Zulay ) el estatus migratorio y laboral de cuanto extranjero tenga sus pies en esta tierra; de salud, que a su vez nombren otros inspectores para que verifiquen las condiciones sanitarias de restaurantes, cafeterías, bares, etc., que por su tipo de operaciones están obligados a mantener vigente permiso de operación que cumpla con los estándares de salud prescritos por la Organización Mundial de la Salud…
En Panamá se percibe un ambiente de espíritus purísimos: un sinnúmero de bancos y otros grandes establecimientos que reciben masivo público y carecen de baños para este. Sería inestimable la figura de un inspector de necesidades básicas. También elemental resulta la de un inspector de calles, sobre todo aquellas por las que diariamente transitan o intentan hacerlo miles de peatones y conductores de vehículos que, bajo cualquiera de nuestras torrenciales lluvias, quedan empapados y varados por las inundaciones fruto de una pésima construcción vial.
Cuando Panamá daba sus primeros pasos como República, en una de las administraciones de Belisario Porras alcanzó fama la designación que hizo de un personaje folclórico de la época: “El negro Lloren”, hablista de renombre, copartidario directo de Porras, estaba muy necesitado de un puesto que lo sustentara. Tras dos días de intensas deliberaciones, el tres veces mandatario panameño designó al auto denominado “Caruso de la palabra hablada”, inspector de tierras sumergidas en el lago Gatún.
El autor es abogado