Confío en que los lectores tienen una cultura desarrollada y que son capaces de ejercer la autocrítica, ejercicio muchas veces doloroso pero necesario para el progreso intelectual y espiritual del ser humano.
Asumiéndolo, quiero opinar sobre un tema que nos asusta más que vilipendiar al profeta: pasar por un filtro el conflicto Gaza–Israel. Por miedo no hablamos abiertamente y sin reservas sobre este asunto, como si nuestros amigos judíos panameños fueran a extender la venganza por todo el planeta.
Muchos siglos antes del rey Salomón el sabio, cuya famosa anécdota ejerciendo justicia ante dos madres —ambas declarando suyo el niño en disputa— subrayó dramáticamente hasta qué punto no hay que excederse en una retribución, ya se planteaban dilemas similares sobre justicia y proporcionalidad.
Hammurabi, rey de Babilonia alrededor del siglo XVIII antes de Cristo y uno de los primeros en establecer un cuerpo normativo escrito, consagró como regla para resolver disputas el principio: “ojo por ojo y diente por diente”.
En las leyes modernas, los juicios pasan por varias etapas: por horrenda que sea la acusación, se le asigna un defensor al acusado. Tras los argumentos de ambas partes y la deliberación correspondiente, se determina una sentencia proporcional al delito.
Pongo como ejemplo la destrucción de las torres gemelas en Nueva York. El agredido fue la potencia militar más poderosa del mundo; los agresores, un grupo terrorista. Estados Unidos tomó tiempo para ubicar al cabecilla de ese crimen y, cuando consideró que tenía las condiciones adecuadas, ejecutó una operación dirigida contra Osama bin Laden.
El mundo, sin embargo, contempla cómo Israel, tras el ataque perpetrado por Hamás en octubre de 2023, mantiene una ofensiva militar en Gaza que ha provocado un altísimo número de víctimas civiles y una devastación estructural profunda. Hospitales, escuelas y viviendas han sido destruidos, según múltiples reportes internacionales. El debate sobre la proporcionalidad de la respuesta permanece abierto y divide conciencias.
Israel tiene derecho a protegerse de quienes buscan su destrucción. Pero también es cierto que el conflicto arrastra décadas de tensiones, ocupaciones, asentamientos y medidas que muchos consideran humillantes o desproporcionadas para la población palestina.
Al hacer este recuento no pretendo resolver nada, sino expresar el dolor y la indignación que genera una tragedia que golpea la conciencia de millones de personas en el mundo.
La autora es escritora.

