Durante mucho tiempo se ha pensado que una ola de calor es simplemente “un día muy caliente”. Pero esa idea se queda corta. Una ola de calor es un período de temperaturas anormalmente altas, sostenidas por varios días, que supera lo esperado para una región y una época del año. No se trata solo de que el termómetro marque 35 °C o 40 °C; se trata de cuánto dura el calor, si las noches no refrescan, cuánta humedad hay en el ambiente y qué tan preparada está la población para resistirlo. En otras palabras, una ola de calor no es solo un fenómeno meteorológico: también es un problema de salud pública, de planificación urbana, de seguridad hídrica y de justicia social.
Una ola de calor es más peligrosa cuando se combina con alta humedad, como ocurre en Panamá, porque el cuerpo se enfría con mayor dificultad y la sensación térmica puede ser mucho más alta que la temperatura registrada. Esto aumenta el riesgo de deshidratación, agotamiento, golpes de calor y complicaciones de salud, especialmente en adultos mayores, niños, embarazadas, trabajadores al aire libre y personas con enfermedades crónicas. Por eso, se recomienda evitar el sol en las horas más calientes, hidratarse, buscar sombra o lugares frescos y atender las alertas oficiales.
En América Latina y el Caribe, las olas de calor deben entenderse en el contexto de la urbanización acelerada, la deforestación, la expansión del asfalto, la pérdida de vegetación y la presión sobre el agua. Las ciudades almacenan calor durante el día y lo liberan lentamente en la noche. Este fenómeno, conocido como isla de calor urbana, hace que ciertos sectores de una ciudad sean más calientes que sus alrededores rurales. Calles sin árboles, techos metálicos, aceras extensas, estacionamientos, tráfico intenso y poca sombra convierten el espacio urbano en una superficie que absorbe y devuelve calor.
Panamá está dentro de esta realidad. Aunque el país es tropical y está acostumbrado a temperaturas altas, eso no significa que esté preparado para extremos térmicos más frecuentes. El riesgo no está solamente en la temperatura máxima, sino en la combinación entre calor, humedad, noches cálidas, baja ventilación, urbanización y acceso desigual a servicios básicos. Según estudios, el peligro por calor extremo en Panamá se clasifica como medio.
Además, las proyecciones climáticas para Panamá indican que hacia mediados de siglo el país probablemente experimentará aumentos en las temperaturas mínimas y máximas, así como más noches más calientes en algunas regiones. Esto es crucial: cuando la noche no refresca, el cuerpo no descansa, las viviendas acumulan calor y el riesgo sanitario aumenta. En ciudades como Panamá, San Miguelito, Las Tablas, David, Santiago, Chitré, La Chorrera o Colón, el calor ya es terrorífico, y los escenarios no son óptimos.
El problema se agrava cuando el calor coincide con sequías. Panamá ya tuvo una advertencia clara durante la sequía 2023–2024, considerada la peor en décadas, con lluvias por debajo del promedio y afectaciones importantes en la cuenca hidrográfica del Canal de Panamá. Aunque una sequía no es lo mismo que una ola de calor, ambas pueden reforzarse: menos lluvia seca el suelo; el suelo seco evapora menos agua y, al evaporar menos, una mayor parte de la energía solar se convierte en calor sensible. Así, el territorio se calienta más rápido.
¿Qué hacer? Primero, tomar el calor en serio. Las alertas por altas temperaturas deben comunicarse con la misma importancia que las lluvias intensas o los huracanes. Segundo, adaptar las ciudades: más árboles, corredores verdes, techos reflectivos, paradas de buses con sombra, escuelas ventiladas, espacios públicos frescos y protección para trabajadores expuestos. Tercero, fortalecer la vigilancia en salud: identificar adultos mayores, pacientes crónicos y comunidades vulnerables antes de que llegue la emergencia. Cuarto, educar a la población: hidratarse, evitar ejercicio intenso al mediodía, usar ropa ligera, no dejar niños ni mascotas en vehículos, reconocer síntomas de golpe de calor y buscar atención médica si hay confusión, mareo intenso, piel caliente o pérdida de conciencia.
Las olas de calor nos obligan a cambiar la forma en que pensamos el clima. Ya no basta con preguntar si va a llover. También debemos preguntar cuánto calor puede soportar una ciudad, una escuela, un hospital, una comunidad rural o un trabajador bajo el sol. En Panamá, hablar de olas de calor es hablar de salud, agua, urbanismo, energía, desigualdad y planificación. El calor no es solo una incomodidad: puede ser una amenaza silenciosa. Y frente a una amenaza silenciosa, la peor respuesta es seguir actuando como si nada estuviera cambiando.
El autor es doctor en Recursos Hídricos y Cambio Climático.

