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CORRUPCIóN

El olor de la muerte

Todo historiador sabe cómo huele la muerte. Es un olor dulzón con matices de nubes quemadas. Es un olor, que se pega en la ropa, que sabe a rabia, y no desaparece, aunque te laves con jabón las neuronas. El olor permanece en los elevadores, y en el barrio. Desgraciadamente este olor, no puede ser sentido por un político; y es ajeno a un juez o a un diputado. Este olor maligno corrompe tu sociedad, y tu alma.

Nuestra sociedad está a punto de estallar. Nuestra esperanza era Nito y su “buen gobierno”. Todo indica que no sucederá. Nuestro presidente prometió antes de su elección luchar contra la maldita corrupción. Pero en las garzas hay un silencio escandaloso; sobre el tema, reina el vacío de la nada por parte del presidente.

El olor a muerte aumenta, a un ritmo cada vez mayor. Este ritmo se escucha en el tambor de la noche cuando vemos a los diputados y jueces hacer de las suyas. Roban y eximen al ladrón descaradamente. Y el pulso se les acelera para cometer sus malandrinadas. Los fallos recientes son un preámbulo del hedor de la cloaca existente. El pueblo huele con amargura cómo nos humillan en los juzgados. Nadie es culpable de nada. Pruebas, folios, testigos son ignorados. Todos son declarados inocentes, acelerando con cada millón robado nuestra destrucción como nación. El dinero robado hay que pagarlo, no es gratis.

La historia se repite, y no aprendemos de ella. Todo está documentado. Sabemos que Panamá está endeudada hasta el tuétano, y que cada vez nuestros ingresos se reducen. Sabemos que es una de las ciudades más caras del mundo. Tenemos datos que indican que el hambre galopa a nuestro alrededor, que el seguro Social está quebrado. Y no hay ya ninguna duda de que nuestro problema son nuestros políticos ladrones. Este debe ser el punto de inflexión. La certeza. Este es, entonces, el momento en que comienza la revolución. Es el punto en el tiempo cuando llega la tormenta. Como cuando Allarico entra a Roma; como cuando Priamo ve arder su ciudad. No hay escape para la tribulación cuando ella llegue.

Panamá está pasando por su peor momento histórico. Y digo peor porque contra Noriega luchamos; estábamos unidos contra el tirano. Hoy en día estamos desperdigados como estrellitas de agua en un volcán de fuego.

El Panamá que amamos está muriendo. Y no muere porque los gringos imperialistas invaden, o no prospera porque hay un ataque de extranjeros irrespetuosos, o porque los gays y su bandera destruirán a la sacra familia panameña. Panamá huele a muerte porque nuestros políticos están corruptos hasta la médula.

El olor a muerte anunció la caída de imperios, de naciones, de civilizaciones. Todos los síntomas están dados con una celeridad impresionante. No es, como dijo Fukujama, el fin de la historia. Pero sí será el fin de Panamá si no hay un cambio radical. Nada volverá entonces a ser igual. Es un círculo histórico ininterrumpido, donde el mal vence al bien, llega el héroe y salva a la tribu destruida después del caos y la ruina total. Pero no queremos ver. Somos unos necios peleando por partidos políticos corruptos, y por la virginidad de la virgencita de la montaña.

Nuestro presidente tiene que dedicarle su vida a detener este ciclo. Esto no es para esperar a Lombana, o para suponer que el CD, ya vio la luz, o que los arnulfistas volverán convertidos en budistas. Nada cambiará en este país si la corrupción no es detenida. Y nuestro presidente se aleja de su compromiso de justicia. Desafortunadamente, se escabulle silenciosamente bajo el manido argumento de la “separación de los poderes”. El final será el mismo, si no ataca con valor a esta partida de maleantes que lo rodea y hablan de patria, y de democracia, mientras que los pobres se mueren de hambre y el país se hunde en una ciénaga de anti valores jamás visto. Y digo jamás visto, porque antes lo sospechábamos. Hoy lo sabemos. El gobierno hoy es una organización criminal. Actúe, señor presidente; es un ruego. Quizás sea usted el héroe que soñamos desde siempre, pues la alternativa será una revolución con el hambre que vemos y olemos en todo país latinoamericano que escogió la corrupción como camino para caminar. ¡Cumpla su promesa !

El autor es práctico del Canal de Panamá 


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