Recientemente recibí a un nutrido grupo de visitantes españoles en Panamá. Mostrar casa ajena a tus compatriotas es algo interesante, digno de mencionar. Es en ese contexto de guía turístico, aprovechando la presencia de los guayacanes en flor, donde uno puede dimensionar la “oportunidad turística de Panamá”.
El nutrido grupo de extranjeros, aproximadamente 70, son hoy embajadores del istmo de Panamá a lo largo de todo el mundo. Nada fuera de lo normal, una buena organización (transporte y alojamiento) no hizo más que complementar el verdadero activo oculto del país: sus interminables atractivos turísticos.
En el ámbito internacional, el turismo crece en datos nunca antes vistos. Sin embargo, en el caso de Panamá, los datos no son alentadores. A pesar de crecer el número absoluto de visitantes, hablamos de un incremento del denostado (Venecia o Barcelona) turismo de cruceros (+75%) y una disminución (-1.8%) de la que debe ser la verdadera fuente de entrada al país, Tocumen y satélites.
La oculta oportunidad turística es grande, incluso enorme, y son varias las iniciativas que buscan contribuir al avance. La recaudación público-privada del Fondo de Promoción Turística Internacional, es algo que celebrar, $20 millones para promocionar en el extranjero las bondades del suelo panameño.
Sin embargo, ¿qué hay de la promoción interna? La promoción turística exterior ha aumentado, pero no se ha traducido en los niveles de turismo esperados. Las instituciones deben considerar que quizás el diferencial esté en Panamá, en mostrar y enseñar al panameño el valor de lo que le rodea y la importancia que tiene que cada uno de ellos se sienta embajador de su país.
“No hay que empezar la casa por el tejado” funciona a la perfección para referirse a los retos turísticos del país. Comenzar por los cimientos, parece algo cuanto menos a considerar, de no ser así, la “oportunidad turística de Panamá” corre el riesgo de nunca ser eso mismo, una oportunidad.
El autor es ciudadano español