El paso por la vida escolar (primaria, media y premedia) deja muchas enseñanzas de la vida cotidiana tanto a docentes como a estudiantes. La escuela no solo es un espacio físico más, adornado por bancas, sillas y tableros, sino que resulta el escenario donde se libran verdaderas batallas entre los valores y antivalores. Hay edades muy sensitivas donde el trabajo de un maestro es casi como el de un cirujano, un leve descuido en la operación y todo puede resultar mal para el futuro.
Las edades propicias en las que un niño asimila normas de conducta y refleja rasgos de carácter se manifiestan desde los cinco años en adelante. El niño imitará conductas buenas o malas de sus adultos. Los padres, hermanos mayores, maestros y el entorno juegan también un papel crucial en la formación de valores o antivalores. Un niño que proviene de una familia nuclear y con sólidos valores morales puede verse influido en la escuela o el barrio (entorno) por compañeros que provienen de modelos distintos. Si la escuela no refuerza los valores sociales cotidianamente y con nuevas dinámicas de asimilación, el niño o adolescente puede verse trastocado en su proceso de formación humana adoptando pautas antisociales.
En la escuela como en el barrio impera la ley o antivalor del más vivo y fuerte. Cuando se realiza una prueba o examen en el salón y el maestro sorprende a un alumno copiándose, este inmediatamente niega el hecho. Quizá un 10% en muchos casos admite alguna falta, pero el restante disfruta de haber violado alguna norma. Si un estudiante se copia y tiene éxito, lo celebra como un triunfo y exhibe su hazaña como un trofeo; el resto de sus compañeros no lo reprueba, sino que lo felicita. Lo más aterrador del caso es que muchos padres de familia celebran el hecho como una “niñada” o cosa de jóvenes y no se atreven a corregir, puesto que en muchos hogares los adolescentes y niños ya tomaron el control.
Los alumnos de altos grados cobran “coimas” a los más pequeños porque se creen con ese derecho, pues les fue transmitido por otros mayores que ya salieron de la escuela. Si un maestro o supervisor no está atento en los recreos, los estudiantes mayores siempre se colarán en las filas, pedirán dinero y “robaran” la merienda a los más chicos. Para la mayoría de los estudiantes lo malo no es infringir la ley, lo malo es que te “pillen” en el acto y si te agarran con la falta, entonces eres un tonto.
Decir mentiras para un adolescente, en el caso de que le sorprendan en una falta a la regla no es delito, sino una forma “talentosa” de salir del problema. Cuando el padre de familia es citado a la escuela por alguna falta de sus acudidos, en la mayoría de los casos el acudiente respalda la actitud de su acudido con toda suerte de excusas y hasta llega a acusar al docente de “injusto”, “arbitrario” y “perseguidor”. Si el estudiante es negro y el maestro blanco, el acudiente también lo puede acusar de “racista”, todo menos aceptar la falta y las sanciones por la misma.
Cuando un diputado llega por primera vez a la Asamblea, es posible que venga con buenas intenciones, pero el entorno lo puede llegar a transformar. Se encontrará con otros “colegas” que ya tienen décadas de estar amasando fortunas de forma ilegal que ninguna ley le ha podido poner freno. Un candidato a puesto de elección popular aprende en el camino que decir mentiras es parte del oficio, también fingir sonrisas y dolencias. Se han convertido en originales actores y delincuentes de cuello blanco, porque para ellos al igual que el niño de la escuela, lo “importante” es que no te atrapen y gozar de las fortunas “mal habidas”. Entonces, la pregunta que nos queda en el ambiente tomando en cuenta toda la información anterior sería, ¿cómo corregimos al niño y castigamos al diputado?
El autor es sociologo y educador