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Ormuz y el ocaso del multilateralismo: una lectura desde el istmo

Ormuz y el ocaso del multilateralismo: una lectura desde el istmo
Los buques mercantes pasaban por el estrecho de Ormuz, cerca de Omán, el domingo. / Reuters

Esta mañana el crudo superó los cien dólares por barril. Las conversaciones entre Washington y Teherán en Islamabad terminaron sin acuerdo tras veintiún horas de negociación. La Marina de Estados Unidos inició el bloqueo de los puertos iraníes en el Golfo Pérsico. Y en Beirut, familias continúan huyendo bajo los bombardeos. Cuando uno lee estas líneas una tras otra, la pregunta que emerge no es geopolítica ni económica. Es más elemental que eso: ¿dónde están los diplomáticos?

No hablo de los cancilleres que aparecen en cámaras. Hablo de la diplomacia como método, como convicción, como cultura de resolución de conflictos. Lo que está ocurriendo en el Estrecho de Ormuz no es únicamente una crisis energética. Es una crisis de la arquitectura que el mundo construyó con enorme sacrificio en el siglo XX: la de que entre naciones en conflicto siempre debe existir una mesa antes que un campo de batalla.

El alto el fuego anunciado hace días mostró su fragilidad desde el primer momento. Los tres actores principales no lograron ponerse de acuerdo ni siquiera sobre los términos de la tregua que supuestamente habían firmado. Estados Unidos sostuvo que el Líbano no estaba incluido en el pacto. Irán exigió lo contrario. Israel continuó sus operaciones en el sur libanés. Un acuerdo que nadie interpreta de la misma manera no es un acuerdo: es una pausa con fecha de vencimiento y una excusa para la próxima escalada.

El portavoz de las Naciones Unidas fue claro esta semana: la libertad de navegación en el Estrecho de Ormuz se basa en el derecho internacional y en una larga tradición que ninguna parte debe menoscabar. El secretario general de la ONU reiteró que no existe solución militar al conflicto. Lo ha dicho antes. Lo repite ahora. Y el mundo continúa armándose. Cuando la fuerza sustituye al diálogo como primer recurso, y no como último, el mundo no retrocede hacia la barbarie de un solo golpe. Retrocede silenciosamente, decisión tras decisión, ultimátum tras ultimátum, hasta que un día nadie recuerda cómo se llegó hasta aquí.

Panamá no puede ser indiferente a esto, y no solo por razones morales. El canciller Javier Martínez-Acha precisó el domingo que el país importa sus combustibles principalmente desde Estados Unidos, lo que nos protege de un eventual desabastecimiento físico. Pero el precio del petróleo no se negocia en función del origen del barril, sino en los mercados globales, y esos mercados tienen un solo termómetro: el Estrecho de Ormuz. Cuando ese paso se cierra, el Brent sube, el WTI sube y, con ellos, sube lo que pagamos en cada bomba de gasolina, independientemente de que nuestro crudo venga del Golfo de México. En marzo, los precios registraron alzas de hasta treinta centavos por galón, y el Consejo de Gabinete debió aprobar una fijación temporal de precios subsidiados para el transporte público y la pesca artesanal. Esa medida de emergencia tiene nombre y apellido: se llama volatilidad geopolítica internacional. Y tiene una dirección que no es la de Houston.

El Canal de Panamá, columna vertebral del comercio marítimo mundial, observa también con preocupación. Si el conflicto altera de manera sostenida las rutas energéticas globales o contrae la demanda del comercio internacional, el impacto llegará a nuestra principal fuente de ingreso nacional. No somos espectadores de esta crisis. Somos actores que la padecen sin haber contribuido a crearla.

Por eso considero que Panamá debe elevar su voz con claridad en los foros donde tiene asiento. Nos asiste la autoridad moral de un país sin ejército, que resolvió sus propios conflictos históricos a través de la negociación y el derecho, y que tiene en su territorio el paso que une los océanos del mundo. El diálogo estructurado, con mediadores creíbles, con acuerdos escritos y verificables, con respeto irrestricto al Derecho Internacional, no es una opción entre muchas. Es la única salida que no deja ruinas.

La historia registrará este momento. Lo que aún no sabemos es si lo hará como el instante en que el mundo encontró el camino de regreso a la diplomacia, o como aquel en que decidió que ya no valía la pena intentarlo. Esa pregunta no la responderán los generales ni los algoritmos. La responderán quienes todavía creen que entre dos naciones en conflicto siempre hay una mesa posible, una palabra justa y un acuerdo que ambas puedan firmar con dignidad.

El autor es profesional multidisciplinario: Ingeniero industrial, internacionalista y abogado.


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