[CAMPAÑA ELECTORAL]

Ese oscuro objeto del deseo

Mientras los otros candidatos presentan plataformas y agendas de lo que sería su gobierno, ‘The Donald’ arrasa exhibiendo un temperamento exento de sustancia.

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Ese oscuro objeto del deseo

El fenómeno de Donald Trump comenzó como una tormenta de verano que muchos creyeron sería efímera. Sin embargo, para sus contendientes republicanos que aspiran a ocupar la Casa Blanca, su imparable ascenso lo ha convertido en una nube negra que los ha paralizado en una estación: la del desconcierto.

A pesar de que el millonario empresario sube el listón de su temario “políticamente incorrecto” y reparte insultos desde la tribuna, las encuestas lo sitúan como el cabecilla de la banda. El macho alfa que transforma el discurso político en una máquina de triturar adversarios. Mientras los otros candidatos (tanto republicanos como demócratas) presentan plataformas y agendas de lo que sería su gobierno, The Donald arrasa exhibiendo un temperamento exento de sustancia.

Más allá de las encuestas que salen a diario, si me fío de la cantidad de personas que me confiesan que votarían por Trump, en mi encuesta reducida y acientífica el magnate se erige como el próximo presidente de Estados Unidos. La mayoría son hombres blancos de origen hispano, un perfil que se asemeja a los simpatizantes que indican las encuestas, con la diferencia de que los segundos son anglos y sin título universitario.

Y si digo que me confiesan su querencia por Trump es que el patrón se repite: lo dicen en voz baja, como un secreto ardientemente guardado que ya no pueden reprimir. Y el argumento siempre es el mismo: que dice a las claras lo que muchos de ellos piensan, pero no lo manifiestan abiertamente. Se refieren a su plan de cerrar las fronteras para que no entren inmigrantes indocumentados; la necesidad de, al fin, tener en el poder a un “hombre fuerte y con mano dura”; un tipo carismático que plante cara al fundamentalismo islámico, a los chinos y allá donde estalle un conflicto; un verdadero líder al margen de los entramados de la clase política de Washington.

Lo que me sorprende una y otra vez es el tono confesional de quienes susurran este romance. Digamos que Trump es el oscuro objeto del deseo para muchos de los que le darían el voto. Admirarlo y rendirse a sus pies resulta perturbador pero muy atrayente.

Si el efecto Trump es sinónimo de un oscuro objeto del deseo, es porque su magnetismo es el reflejo del lado opaco de muchos de sus potenciales electores. Solo así se explica el tono casi clandestino de tantos de sus seguidores que salen del armario para revelarlo.

Pensemos en el estilo y los ademanes de este personaje lenguaraz y colorido: no discrimina a la hora de lanzar improperios y chacotas contra sus rivales. Le suelta a Carly Fiorina que con un rostro como el suyo no tiene oportunidad de ganar. Una y otra vez se burla de Jeb Bush por carecer de “energía” y ser un “blandengue”. Si Hillary Clinton se retira unos instantes de un debate, no pierde tiempo en hacer groseros comentarios sobre su breve escapada al baño. No titubea en poner en duda el heroísmo de John McCain en la guerra de Vietnam, y a todas horas se jacta de que con su fortuna puede llegar más lejos que los demás. O sea, ser el próximo inquilino de la Casa Blanca. Cuando uno escucha y ve a The Donald, acompañado de guardias de seguridad que hacen uso de la fuerza ante la presencia de los medios, activistas o contrarios a su política, es inevitable recordar al bravucón de la escuela o el barrio que intimidaba a los otros niños. En presencia del perdonavidas que domina en el patio y en la calle, el resto tiene dos opciones: alejarse del camorrista altanero o someterse a sus caprichosas reglas. Así ha sido siempre en la vida y ahora este juego de supervivencia se traslada a la arena política.

Cuando los varones hispanos (y alguna que otra mujer) se me acercan para confesarme su oscuro objeto del deseo, me pregunto qué le aconsejarían a sus hijos si se toparan con un fanfarrón avasallador. Por lo pronto, ellos han decidido seguir al líder de la manada. El que más brama y saca los dientes. Putin –quien goza de gran popularidad en Rusia– y Trump ya se han olfateado y la simpatía es mutua. Dios los cría y ellos se juntan.

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