Hay un libro de Mario Vargas Llosa titulado, La llamada de la tribu, publicado en el 2019, que tiene elementos autobiográficos donde el escritor peruano hace una valoración de ideas de siete pensadores que lo ayudaron a tener su formación liberal: Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Isaías Berlin, Raymond Arón y Jean-Fraçois Revel.
La obra, escrita con un estilo ameno y un lenguaje accesible, a parte de despotricar sin misericordia contra el socialismo, no deja de ser interesante, porque, además de hacer un análisis sobre los valores de la democracia, es también una defensa inteligente que defiende las ideas del liberalismo clásico.
Vargas Llosa utiliza el concepto del “espíritu de la tribu” que Karl Popper acuñó para referirse a la irracionalidad del ser humano primitivo. El espíritu de la tribu es la fuente de todos los males del mundo. Es el espíritu que alienta los nacionalismos, los totalitarismos, los fanatismos y el comunismo. La noción de tribu es la negación del individuo, porque la sumisión a un dictador, un líder religioso, un gurú ideológico o un partido es la negación de la libertad individual. La inmersión en la tribu es la desaparición del individuo.
¿Por qué citó este libro de Mario Vargas Llosa y la metáfora de la tribu? Porque, además de ser una obra elegante y sincera que explica las bondades y virtudes de la filosofía liberal, que hicieron transitar a Vargas Llosa del comunismo al capitalismo, me resulta impresionante que esos valores de la cultura democrática, sin duda los más representativos de la filosofía liberal, en la actualidad están siendo pisoteados por otra especie de tribu que rinde culto a la muerte y a una genuina “irracionalidad primitiva” que los padres del liberalismo criticaron.
Escribe Vargas Llosa al final de la introducción de su obra: “La doctrina liberal ha representado desde sus orígenes las formas más avanzadas de la cultura democrática y es la que ha hecho progresar más en las sociedades libres los derechos humanos, la libertad de expresión, los derechos de las minorías sexuales, religiosas y políticas, la defensa del medio ambiente y la participación del ciudadano común y corriente en la vida pública”.
La nueva tribu, que de nuevo no tiene nada, porque revive viejas doctrinas dominantes, se disfraza de democracia, pero está en profunda contradicción con los principios y valores del liberalismo clásico. Esta tribu, con caciques en Norte América y Oriente Medio, viola sin pudor los derechos humanos financiando el genocidio, atenta contra la libertad individual porque es intolerante, corrompe la libertad democrática al negar la educación pública, persigue a las minorías étnicas y sexuales, y es perversa con el medio ambiente.
Nada es gratuito. Antonio Gramsci había sentenciado la frase: “Tomen la cultura y la educación y el resto se dará por añadidura”. La hegemonía cultural y la batalla de la cultura, no son una broma. En la arena de conflictos de la cultura se estructuran nuevos valores, se planifica desde las instituciones, se gestionan las emociones, incluso el pensamiento para moldear la idea de libertad.
¿Qué es la libertad según el pensamiento liberal? Es la ausencia de coacción arbitraria por parte de terceros. En la actualidad, las prácticas políticas de la ultraderecha erosionan y coaccionan la democracia desde dentro: bloquea la economía imponiendo aranceles, crea guerras absurdas, patrocina genocidios, frustra el concepto de sociedad abierta, cierra fronteras, ejerce el poder arbitrario, reclama países, censura la lectura de libros, desprecia la ciencia y elimina instituciones culturales y científicas que protegen el medio ambiente y los derechos humanos.
Los valores democráticos y de libertad, que de manera espléndida Mario Vargas Llosa pone en relieve en su libro, desde el liberalismo económico y el libre mercado de Adam Smith y Hayek; desde la defensa de una sociedad abierta y la libertad del individuo de Popper y Ortega y Gasset; desde el pluralismo democrático y la tolerancia de Aron y Berlin; hasta la autocorrección democrática y la defensa activa de la democracia de Revel; la libertad, la soberanía, el estado de derecho, los derechos humanos y la dignidad individual y colectiva; han sido, históricamente, ultrajados tanto por la izquierda y la derecha para convertirlos en instrumentos de poder coercitivo.
Incluso las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, fundadas en la ilustración, que dieron forma a los conceptos de empatía, tolerancia y respeto mutuo, a los derechos naturales, a la separación de poderes, a la educación para todos y a la libertad política; son una oscura mueca de burla que los llamados “guardianes de la patria”, hoy, dicen defender mientras matan niños en Palestina o declaran la eliminación de elecciones en Nicaragua.
¿Cuál es la diferencia, en términos ideológicos o políticos, de estas brutalidades? Ninguna. Vengan de tribus de derecha o de izquierda provocan miedo y coaccionan la libertad individual y colectiva. Destruyen al individuo y a su tribu, porque todos somos parte de una patria-tribu. Creo que la noción de tribu de Karl Popper merece que le demos un nuevo enfoque menos peyorativo. Un concepto de tribu para reunirnos junto al fuego y volver a conversar, a dialogar y escuchar. Una tribu para sembrar palabras de esperanza y pensamientos que respeten la libertad.
El autor es escritor.

