Somos un país donde el agua cae del cielo con generosidad y corre por la tierra con naturalidad, pero que, paradójicamente, empieza a sentir sed. Panamá, entendida como una estructura de 77 mil kilómetros cuadrados, casi minimalista en población y con múltiples procesos que se mueven sobre ella, deberá resolver un problema como prioridad. No importa cuánto crezcamos dentro del modelo de desarrollo: sin agua, la sostenibilidad solo será una vieja foto del tiempo que nos recordará el fracaso de una reforma que no nació y cuyo sueño del agua estuvo detrás de una decisión que no tomamos. ¿Quién podrá oponerse a esta afirmación que, como expuso en una ocasión Al Gore, ex candidato a presidente de Estados Unidos, resulta “una verdad incómoda”?
Reformar no significa reordenar funciones, significa reestructuración. No es poner las mismas partes en lugares diferentes para no emular la literatura distópica que Mary Shelley escribió de su personaje Frankenstein en 1816. Para que caminara bien y su corazón se hablara con su razón, requirió dejar de pensarlo como el monstruo y volver a mirarlo desde la ciencia. Por lo tanto, no todo ha sido malo; solo que estamos en un momento de cambio, donde reformar sigue siendo el verbo rector de esta iniciativa. Intentar inventar la rueda no es sinónimo de ausencia de creatividad ni de sumar partes; podemos aprender de los caminos recorridos, al hablarnos de lecciones mediante el aprendizaje comparado en una suerte de conocimiento social en políticas. Esto es: (i) los Estados aprenden cuando las políticas fallan; (ii) las políticas fallan cuando hay crisis; (iii) hay crisis cuando los paradigmas se agotan.
El modelo de gestión del agua en Panamá, a nivel macro, se encuentra en rendimiento decreciente. Por eso la fórmula es: crisis del agua + revisión del modelo de gestión + observación de otros países = reforma sectorial / tres años programáticos resulta totalmente relevante. Para iniciar las reformas sectoriales, debemos partir, como en la obra de Mary Shelley, en el efecto Frankenstein, que nos advierte que el problema no es crear algo nuevo sin entender o asumir todo el desafío que representa tan elevada responsabilidad. Estos son: importar modelos sin dotar de capacidad institucional, crear agencias sin recursos y separar funciones solo en papel. El reto es hacerlo o morir en el intento y que así nos juzgue la historia por equivocarnos, pero nunca por no haber hecho nada.
Como principio de gobernanza hídrica nadie nos debe decir a los panameños cómo gestionar nuestros recursos. Por el modelo del Canal de Panamá, no hay duda de nuestra capacidad de inventiva como país. Pero, cuando se trata de reformar un sector sensitivo, compararnos es un acto de humildad científica y capacidad soberana para no querer pensar la solución dentro del mismo paradigma que produce el problema.
Por ejemplo, al sur de nuestro continente, en Chile, la separación institucional de la provisión, que es regulada desde 1998, asignó la política hídrica al Ministerio de Obras Públicas; la regulación, a la Superintendencia de Servicios Sanitarios (SISS); los subsidios y la focalización son asignados por el Estado, mientras que la provisión de los servicios se realiza por empresas privadas y municipales. Sus resultados son interesantes: el indicador de cobertura urbana en agua potable es de 99,9%; la calidad del agua de la población urbana, 99,6%; y su continuidad, igual al 100%. Lo malo dentro de lo bueno ha sido la débil articulación en la gestión de cuencas y una persistencia de inequidades entre lo rural y lo urbano.
Un poco más lejos, el modelo de Singapur posee un sistema híbrido virtuoso, fundamentado en un Estado fuerte que, desde 1970, no separó la regulación del operador porque confió en la fortaleza de su ley, en sus procesos de auditoría pública y en una institucionalidad que entiende que el agua no admite improvisación ni excusas. Los resultados presentan una continuidad del 100%, pérdidas menores al 5%, de las más bajas del mundo; autonomía financiera y seguridad hídrica con fuentes diversificadas. Me encanta, pero no somos singapurenses.
Tal vez una propuesta tropicalizada más atrevida, de quien ve el desafío desde los márgenes del paradigma en crisis, permite pensarlo bajo un modelo descentralizado de provisión, con separación estricta de funciones, regulación nacional fuerte y financiamiento basado en medición efectiva y recuperación de costos con protección social. El plato está servido. Sabemos que nuestro modelo será único, sui géneris e inédito. Esta es el alma del panameño, capitalizando la voluntad política como recurso disponible.
El nuevo pacto será el triunfo del Panamá del siglo XXI, con el que evitaremos que, como en la canción de Maná, no quedemos solos en el muelle de San Blas, esperando.
El autor es doctor en ciencias, educación social y desarrollo humano y coordinador de la Memoria Histórica del Canal.


