La discriminación sí nos afecta. Nuestro desarrollo como seres humanos, la realización misma de nuestros proyectos de vida, la familia, todo se ve impactado cuando nos niegan garantías fundamentales. Hablamos de temas básicos como la intimidad, la integridad física y psíquica, la educación, la salud, el trabajo, entre muchos otros.
En el Panamá en que vivimos esta diversidad sexual, desde sus instituciones, no es el mismo que para el resto; dista mucho de hacer efectivo nuestro reconocimiento como sujetos de derecho, como humanos, como iguales. Con base en la orientación sexual o identidad de género, se hacen distinciones injustas e injuriosas diariamente y es evidente que hasta el discurso de odio se muestra imparable. ¿Quien le hace frente?
Llevamos dos décadas de activismo organizado, y en 2019 cumplimos 15 años de marchas ininterrumpidas. Sí, se ha logrado este evento importante para las personas Glbti+ y, aunque juntos hemos alcanzado este y otros hitos históricos, como la despenalización de la sodomía en 2008, debemos recordar que queda mucho trabajo por hacer. Las marchas no son solo para celebrar, son también para conmemorar a aquellas personas que lucharon por nosotros; se lo merecen, dieron su vida por ello.
Hablar de homo-lesbo-transfobia sigue siendo un reto, un desafío enorme para panameños y panameñas. No es para menos, la mayor discriminación que sufrimos es la invisibilidad. No existimos en los libros de texto, en las normas, en los códigos, en las leyes; no existimos siquiera en la primera e incipiente ley contra la discriminación que se redactó en este quinquenio.
Queremos que las cosas mejoren, que haya transformaciones, que se combata la violencia estructural contra nosotros y contra cualquiera. Pero, hay que afirmar, “la humanidad no se pierde por diversidad sexual”. La Constitución reconoce que somos iguales, la Corte Interamericana de Derechos Humanos lo señala en sus fallos, y opiniones consultivas y un sinnúmero de pactos y convenios vinculantes también. ¿La contradicción estriba en la religión? No, radica en usted, que decide discriminar.
Por eso es necesario hacernos la pregunta: ¿somos un Estado de derecho o uno confesional? La respuesta es clara, depende de qué se habla. Si se trata de temas como el pago de impuestos, somos un Estado de derecho, pero si es de la desigualdad, marginación, estigma y discriminación que nos afecta, entonces somos uno confesional. ¡Qué situación más triste! Además, estas fobias son un fenómeno social que tampoco se estudia científicamente; ya lo dijimos, somos invisibles; para eso no hay presupuesto.
Panamá se promueve como un país moderno que progresa, que promociona su turismo e inversiones y presume de sus adelantos económicos, de su infraestructura, pero vender la idea de que somos una sociedad respetuosa con las personas de diversidad sexual es lo más falso que existe. Poco se conoce del Panamá conservador que le teme a los cambios y pronto debemos comprender que un país anacrónico no atrae divisas. Sea parte de la solución y no del problema.
El autor es activista de la comunidad Glbti y experto en derechos humanos