Nuestro país ha sufrido situaciones políticas graves. Después de la invasión de 1989 se restableció la democracia representativa. Todos hicimos lo posible para ayudar a perfeccionar el Estado de derecho. Se crearon y modernizaron muchas instituciones. Hubo de todo: aciertos y errores.
Los errores no los corregimos y estamos pagando las consecuencias de no detener el excesivo uso de dinero en las elecciones. Esto trajo de la mano el clientelismo, corrupción y el dinero del narcotráfico, alejando de la política a ciudadanos honestos y preparados y dándole paso a la mediocridad, incapacidad y codicia enfermiza en el ejercicio del poder público.
Pero en el período del gobierno anterior, que actuó en sentido contrario, se destruyó la institucionalidad del país. Se derrumbó lo que quedaba de la Corte Suprema de Justicia, el Ministerio Público, los estamentos de seguridad, la Asamblea Nacional, la Contraloría, los partidos políticos, los sindicatos, grupos de presión y el centro financiero, ya que todo quedó al servicio del gobernante.
La percepción generalizada es que la forma en que operó ese gobierno no ha sufrido mucha variación en el actual, ni tampoco en la sociedad, ya que el método de aquel sigue vigente. Y es que no pueden realizarse los cambios necesarios porque la estructura legal del país está diseñada para la corrupción y la impunidad. En nombre de derechos humanos y el debido proceso se favorece procesal y económicamente a todas las partes y menos a la justicia, es decir, al pueblo. Hoy, el ordenamiento legal y constitucional son letras muertas a las cuales no se le tiene el mínimo respeto, siendo violadas por todos los sectores.
A poco tiempo de las próximas elecciones no se observan en la sociedad y los partidos políticos planteamientos de los cambios necesarios para reorientar al país antes de que sea tarde y nos aparezca una figura considerada mesiánica y/o que el dinero del narcotráfico y la corrupción terminen por apoderarse del país.
Mi partido, el Revolucionario Democrático, tiene la gran oportunidad de llegar al poder, pero no debemos ver esa oportunidad como producto de que al electorado no le queda otra salida electoral. ¡No! Debe verse como la oportunidad para terminar la obra de Omar Torrijos dándole seriedad al país, controlando la corrupción, eliminando la impunidad y así poder erradicar la pobreza con gobiernos eficientes.
Para ello el PRD debe convertirse en el líder de los cambios necesarios, promoviendo junto a corrientes de otros partidos y grupos sociales, una constituyente paralela con el único método posible: la recolección de medio millón de firmas que la soliciten. El PRD se debe comprometer con la sociedad a que ese será el primer acto de un gobierno nuestro y que llevará a cabo unas nuevas elecciones generales una vez aprobada la nueva Constitución.
El PRD debe proponer una Constitución con reducción del poder presidencial, una reorganización total e independencia presupuestaria del Órgano Judicial y el Ministerio Público, que fortalezca la Contraloría y proponga una nueva y moderna estructura de la Asamblea Nacional, que plantee sólidas bases para el desarrollo de una educación del primer mundo, un sistema de salud único, oportuno y eficaz, las bases para volver a desarrollar el sector agrario y un sistema de seguridad ciudadana que le traiga confianza y paz y a la ciudadanía.
Hoy el PRD no debe preocuparse de quién va a ser el candidato nuestro, son los precandidatos los que deben preocuparse por tener la capacidad para desarrollar el programa de gobierno que deseamos llevar a cabo a partir de 2019. El partido es el que tira la línea. Los que no tengan actitud de estadista y quieren evitar el sacrificio con parches constitucionales o no tienen la capacidad para esa tarea o quieren hacer más de lo mismo de lo que se ha venido haciendo desde el gobierno y no deben aspirar a regir el país.
Las constituciones por si solas no arreglan los problemas, pero la vigente sí es causa del caos existente.
El PRD debe llevar a los diferentes cargos a sus mejores hombres y mujeres y estos deben comprometerse a llevar a cabo la refundación de la nación, con crecimiento y desarrollo, con una empresa privada pujante, ética y con responsabilidad social, con colaboradores equipados con la más alta tecnología y salarios adecuados a su rendimiento, con todos los componentes que tienen que ver con la educación, la salud, la seguridad y alimentación de la población bien remunerados, entrenados y preparados.
La ecuación es sencilla: con niños y jóvenes seguros, bien alimentados y bien preparados, obreros y profesionales bien pagados y preparados, ancianos protegidos y toda la población con confianza en la justicia, se garantiza el desarrollo y progreso del país y se logra mayor felicidad para todos.
Para todo esto es que se requiere un estadista.
El autor es neurocirujano