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Palestina libre y soberana

La colonización de Palestina por Israel tiene sus orígenes modernos en la Declaración Balfour, del 2 de noviembre de 1917, comunicación dirigida al líder de los judíos británicos Lord Lionel Walter Rothschild por Arthur James Balfour, ministro de Relaciones Exteriores del Reino Unido (1916-1919), en la que se informaba que el gobierno británico veía con buenos ojos el establecimiento de un hogar nacional judío en Palestina. Se trataba de un territorio entonces poblado mayoritariamente por árabes musulmanes (78%), con una minoría de judíos (11%) y cristianos (10%), que formaba parte del Mandato Británico de Palestina (1920-1948), creado por la Sociedad de las Naciones (1920-1946) tras el Tratado de Versalles de 1919, posterior a la Primera Guerra Mundial.

Cabe resaltar que Gran Bretaña ya había prometido ese mismo territorio a los árabes en el llamado compromiso Hussein-McMahon, una serie de cartas intercambiadas entre 1915 y 1916 entre el emir de La Meca, Hussein ibn Ali, y el Alto Comisionado Británico en Egipto, Sir Henry McMahon. Dicho compromiso buscaba asegurar el apoyo árabe al Imperio británico contra el Imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Este compromiso, además, contradecía el Acuerdo Sykes-Picot de mayo de 1916, suscrito entre Francia y Gran Bretaña, mediante el cual ambas potencias se repartían el Medio Oriente, incluida Palestina, con la duplicidad y soberbia propias de las mentalidades colonialistas de la época.

Es decir, durante todo ese período —entre 1915 y 1948— Palestina fue codiciada por judíos, franceses y británicos sin tomar en cuenta los intereses ni los derechos del pueblo palestino, una lógica que, en esencia, se mantiene hasta hoy.

Todo esto, entre otros factores, dio origen al actual conflicto palestino-israelí, con dos narrativas opuestas de una misma historia dramática y compleja, marcada por más de un siglo de colonialismo y expansionismo sionista, frente a la resistencia persistente del pueblo palestino.

Quiérase o no, el Israel moderno en Palestina es una creación artificial impulsada por las potencias occidentales, producto en gran medida de la culpabilidad europea por siglos de antisemitismo cristiano, agravada tras la Segunda Guerra Mundial por el horror del Holocausto o Shoah. Sin embargo, esa deuda histórica europea fue saldada a expensas del pueblo palestino, que nada tuvo que ver ni con el nazismo alemán ni con el antisemitismo europeo.

Esta injusticia se consolidó con la Resolución 181 de las Naciones Unidas, del 29 de noviembre de 1947, que impuso la partición de Palestina en dos Estados. A partir de allí, el nuevo Estado de Israel se apropió del 78% del territorio del antiguo Mandato Británico, provocando el desplazamiento forzoso de más de 700,000 palestinos de sus hogares y tierras en 1948, con el respaldo de las Naciones Unidas y de los Estados Unidos.

Esta dominación de tierras palestinas no puede entenderse sin considerar el sionismo colonial de Theodor Herzl, expresado en su obra Der Judenstaat, que contemplaba explícitamente la remoción forzada de la población palestina como parte del proyecto estatal judío.

Los palestinos denominan a esta tragedia la Nakba —catástrofe—, por considerarla inhumana e ilegal. Sus consecuencias incluyen el desplazamiento masivo de población y al menos siete guerras árabe-israelíes, sin contar las confrontaciones actuales en Gaza.

Desde Panamá, no se puede ser indiferente. Los panameños debemos apoyar la causa palestina porque es una causa de justicia histórica y porque nuestro propio país nació marcado por la ambición de grandes potencias. Defender el derecho del pueblo palestino a una patria libre y soberana es, también, defender principios universales de autodeterminación, dignidad y legalidad internacional.

El autor es economista y exdiplomático.


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