Enero en Panamá suele iniciar con entusiasmo institucional. El calendario cambia, los problemas bostezan y el discurso oficial se estira, confiado, para anunciar que “vamos bien”. No se especifica hacia dónde, pero se afirma con convicción. Como advertía Voltaire, «quien puede hacerte creer absurdos puede hacerte cometer injusticias». Por ello conviene detenerse: no para negar avances, sino para exigir criterios.
Este inicio de año ha estado acompañado de anuncios económicos presentados como señales de responsabilidad. El refinanciamiento de la deuda aparece como emblema de buena gestión. Y lo es, desde un punto de vista técnico. Negarlo sería deshonesto. Sin embargo, la lógica básica impone una aclaración necesaria: una herramienta financiera no equivale a una reforma estructural. Mejorar las condiciones de pago alivia la presión fiscal, pero no corrige los hábitos que la generan. Celebrarlo como virtud ética sería como aplaudir al paciente por tomarse el analgésico mientras ignora la causa del dolor. No es falso; es incompleto. Y lo incompleto, cuando se repite, termina siendo engañoso.
En la Asamblea Nacional, enero ha sido pródigo en debates y parco en conclusiones. Deliberar es indispensable en democracia; nadie lo discute. No obstante, como recordaba Aristóteles, «el fin del discurso no es hablar, sino decidir». Confundir discusión con avance es una falacia cómoda: aparenta movimiento sin cambiar la posición. Señalar esta lentitud no implica exigir improvisación, sino reclamar método, plazos claros y rendición de cuentas. La crítica aquí no sabotea; ordena.
La salud pública, siempre puntual, recordó que los problemas no se resuelven con comunicados tardíos. Las alertas cumplen su función informativa, pero cuando se repiten sin ajustes estructurales, pierden eficacia. No es una acusación al personal técnico ni a las instituciones, sino un llamado a fortalecer la prevención real y sostenida. Como advertía Séneca, «errar es humano; perseverar en el error, insensato». Repetir por costumbre no es prudencia, es negligencia.
Uno de los recursos más utilizados en el discurso político es la palabra “complejo”. Y lo es: el Estado lo es, la economía lo es, la sociedad lo es. Sin embargo, la complejidad explica procesos, no justifica opacidad ni silencio. Usarla como respuesta final anestesia la comprensión ciudadana. Si algo no puede explicarse con claridad, el problema no es el ciudadano, sino la explicación. La democracia no exige obediencia ciega; exige entendimiento informado.
Tampoco ha faltado el llamado a “no criticar en este momento”. El argumento parece conciliador, pero es lógicamente peligroso. Si nunca se define cuándo sí es momento, la crítica queda suspendida de forma indefinida. Eso no es unidad; es silencio administrado. Señalar errores no debilita al país, lo fortalece. Karl Popper lo resumía con precisión: «la crítica es el motor del progreso».
La ciudadanía responde con humor. No por ignorancia ni apatía, sino por experiencia. El sarcasmo se convierte en mecanismo de defensa frente a discursos que prometen más de lo que entregan. El humor no es el problema; el riesgo surge cuando se transforma en resignación. Reír alivia, pero no sustituye la exigencia.
Y entonces llegan los carnavales: una pausa legítima, cultural y necesaria. No causan los problemas del país, pero sí los suspenden momentáneamente. El peligro no está en la fiesta, sino en confundir descanso con olvido permanente. Después del tambor y la espuma, la realidad regresa sin disfraz.
La enseñanza de este enero no es ni catastrófica ni triunfalista. Panamá no está perdido, pero tampoco está aprendiendo lo suficiente. No faltan diagnósticos; sobra tolerancia al discurso sin consecuencias. No faltan ideas; falta coherencia sostenida.
Como decía Ortega y Gasset, “la claridad es la cortesía del filósofo”, y también debería ser la del político. Señalar errores no es destruir, es evitar que se acumulen. Criticar no es odiar, es cuidar. Y el humor, bien usado, no trivializa: revela.
Así que riamos, bailemos y celebremos.
Pero luego, con la resaca ya pasada, recordemos esta verdad incómoda y necesaria:
Un país no mejora cuando se calla;mejora cuando aprende a escucharse sin miedo y sin autoengaño.
Porque la lógica no arruina la fiesta. Solo evita que el lunes se parezca demasiado al año pasado.
La autora es profesora de filosofía.


