Panamá en prospectiva: La reforma educativa que comienza con una visión compartida

Panamá vive un momento decisivo. Entre consultas impulsadas por el Ministerio de Educación y propuestas desde la Asamblea Nacional, el país discute una posible reforma educativa. Sin embargo, antes de cambiar artículos de ley o reglamentos administrativos, hay una pregunta más profunda que debemos responder: ¿qué tipo de sociedad queremos construir a través de la educación?

Las reformas exitosas en el mundo no comenzaron en el papel. Comenzaron con una visión compartida. Primero se imaginó el sistema que se quería tener; después se ajustaron las reglas para hacerlo posible.

Imaginemos Panamá en 2035.

Una familia en Panamá Oeste ya no paga B/.300 ni hasta B/.1,000 mensuales en educación privada. No porque no pueda, sino porque no lo necesita. Confía en la escuela pública de su comunidad. La primaria está a diez minutos caminando. No hay madrugones extremos ni horas perdidas en el tranque. Los niños llegan descansados a espacios luminosos, con bibliotecas activas y docentes motivados. Y algo más ha cambiado: en el país se ha instaurado una cultura clara y compartida de que la educación no puede detenerse. Las diferencias sociales, políticas o laborales no paralizan el aprendizaje. Los maestros pueden llevar los retos del país al aula, convertirlos en proyectos, analizarlos críticamente con sus estudiantes y, fuera del horario escolar, ejercer plenamente su derecho ciudadano a manifestarse. Pero el tiempo de aprender es sagrado.

Esa confianza transforma la economía familiar. El dinero que antes se destinaba a colegiaturas ahora financia clases de música, deportes, ahorro o viajes. La educación pública deja de ser una preocupación y se convierte en un activo.

En la adolescencia, los estudiantes asisten a centros regionales integrales con laboratorios modernos, talleres tecnológicos y espacios culturales y deportivos. No memorizan para repetir; aprenden a pensar. El currículo se centra en cinco capacidades esenciales: curiosidad, creatividad, pensamiento crítico, colaboración y comunicación. Pero va incluso más allá. Se reconoce que el desarrollo socioemocional es tan importante como el académico. Los estudiantes aprenden a trabajar en equipo, sí, pero también a regular sus emociones, perseverar frente a la frustración, desarrollar disciplina interna y construir bienestar personal. Porque formar ciudadanos productivos no es suficiente; debemos formar personas equilibradas y capaces de ser felices.

Pero ningún sistema mejora sin maestros extraordinarios. En este Panamá prospectivo, la profesión docente recupera su honor y prestigio. Los salarios son dignos y competitivos. La carrera es meritocrática y exigente. Se atrae el mejor talento nacional e incluso internacional. Si queremos que nuestros hijos aprendan de las mejores mentes, debemos valorar a quienes enseñan como pilares estratégicos del desarrollo.

La educación superior también evoluciona. Se alinea con las habilidades que requiere el sector productivo y con las oportunidades del futuro. Los jóvenes egresan preparados para aportar como profesionales altamente competentes o para emprender soluciones a los desafíos nacionales. Quizá sea momento de discutir una transformación institucional más profunda: la creación de un Ministerio de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación que articule una regulación moderna, investigación y desarrollo económico, evitando conflictos de interés y fortaleciendo la coordinación estratégica.

Finalmente, entendemos que cualquier ley educativa que toque el diseño curricular debe ser suficientemente flexible. En un mundo donde la tecnología y las metodologías cambian con rapidez, lo importante no son los métodos rígidos, sino los resultados: estudiantes que piensan, colaboran, crean y se adaptan. La norma debe asegurar calidad y eficacia, pero permitir innovación y evolución constante.

El impacto no es solo educativo; es económico. Familias con mayor disponibilidad de ingresos. Jóvenes con mayor empleabilidad. Empresas con talento preparado. Un país más competitivo.

Panamá 2035 no es una utopía. Es una decisión colectiva. La reforma verdadera no empieza en la ley. Empieza cuando nos atrevemos a imaginar, juntos, el futuro que queremos construir.

El autor es emprendedor y científico.


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