Las actuales vistas presupuestarias vuelven a poner sobre la mesa cuestionamientos sobre nombramientos, nepotismo, favoritismo y el uso de los recursos públicos. Se discute, se denuncia, se cuestiona durante unos días y después, aparentemente, seguimos adelante.
Pero quiero preguntar algo más incómodo: ¿Por qué seguimos permitiendo que esto ocurra?, ¿Nos acostumbramos? ¿Nos cansamos de indignarnos? ¿Tenemos miedo de hablar? ¿O simplemente pensamos que nada va a cambiar? ¿Dónde están los movimientos sociales y/o la ciudadanía organizada?
Tal vez el problema no sea únicamente que algunos sigan haciendo lo mismo. Tal vez el problema también es que cada vez somos menos los que levantamos la voz y, mientras nos acostumbramos a los cuestionamientos, Panamá parece haberse convertido en el país de los parches.
Tenemos comunidades enteras, incluso dentro de la ciudad, que todavía dependen de pozos mientras esperamos nuevas conexiones de agua o plantas potabilizadoras; construimos hospitales que luego enfrentan dificultades por falta de recurso humano, insumos, mientras en las vistas presupuestarias conocemos gastos que contrastan dolorosamente con las necesidades del sistema; y en educación hablamos de tecnología y compramos computadoras mientras todavía hay niños que llegan a las escuelas sin haber comido, estudiantes que deben cruzar ríos porque no tienen puentes, infraestructuras deterioradas y falta de conectividad. Seguimos poniendo parchesdonde deberíamos estar construyendo soluciones.
Y cuando llega un nuevo gobierno, muchas veces vuelve a empezar todo. Otro diagnóstico. Otro equipo. Otro programa. Otro logo. Otra campaña. Otra promesa. ¿Y qué pasó con lo anterior?
Eso nos lleva nuevamente a una pregunta que debería estar en el centro de cualquier discusión nacional: ¿Dónde está nuestro Plan País?
No un plan de gobierno para cinco años. Un verdadero Plan País, construido con visión de Estado, que establezca prioridades para los próximos quince o veinte años y que ningún gobierno pueda borrar simplemente porque cambió el color político.
Porque un país no puede avanzar si cada administración dedica buena parte de su tiempo a desmontar lo que hizo la anterior para comenzar nuevamente, así perdemos años, dinero, oportunidades y también perdemos algo mucho más difícil de recuperar: la confianza.
Incluso nuestra nueva Marca País debería llevarnos a reflexionar. No se trata de cuestionar que Panamá quiera proyectarse internacionalmente. Claro que debemos hacerlo. Pero mientras construimos una nueva imagen para vender Panamá al mundo, deberíamos preguntarnos: ¿Qué Panamá estamos vendiendo y qué Panamá estamos viviendo? ¿Cuánto cuesta cambiar nuevamente nuestra manera de presentarnos? ¿Qué queda de las marcas anteriores? ¿Quién se beneficia?
¿Qué resultados concretos producen? Y, sobre todo: ¿Esa marca representa al Panamá de todos o solamente la imagen de un sector del país que queremos mostrar al mundo?
Podemos tener el mejor eslogan, la mejor campaña y la mejor fotografía, pero una marca no resuelve el agua que no llega, la escuela que se cae, el hospital que no funciona adecuadamente, el ciudadano que no encuentra empleo o la familia que no puede llegar a fin de mes.
Panamá no necesita seguir maquillando sus problemas, necesita resolverlos.
Necesitamos dejar de vivir de parches y comenzar a construir políticas que sobrevivan a los gobiernos y nosotros, como ciudadanos, necesitamos recuperar algo que parece haberse debilitado: la capacidad de indignarnos, preguntar y exigir.
No podemos normalizar el nepotismo porque “todos lo hacen”.
No podemos aceptar el favoritismo porque “así funciona la política”. No podemos quedarnos callados porque “nada va a cambiar”. Y tampoco podemos seguir celebrando cada cinco años que empezaremos de nuevo. Panamá necesita continuidad, instituciones fuertes y decisiones que miren más allá de una elección.
Porque quizás el verdadero problema no es que Panamá no tenga recursos, talento o posibilidades, Es que llevamos demasiado tiempo poniendo parches donde necesitamos soluciones y mientras sigamos acostumbrándonos a los parches, también corremos el riesgo de acostumbrarnos a todo aquello que debería seguir indignándonos.
El autor es terapeuta ocupacional y docente.
