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Panamá envejece en silencio

...y nadie parece estar pensando el país para quienes ya caminaron más de la mitad del camino

No con estridencia ni con grandes titulares. Envejece despacio: en las filas del Seguro, en los bancos de los parques a media tarde, en los buses donde cada vez hay más cabellos blancos y menos asientos disponibles. Envejece en las casas donde abuelos cuidan nietos porque los padres trabajan hasta tarde. Envejece en apartamentos modestos donde hombres y mujeres mayores aprenden a convivir con pensiones limitadas y con un horizonte que se vuelve cada día más corto.

Y, sin embargo, pareciera que nadie está pensando seriamente el país para ellos.

Las cifras existen. Las proyecciones están ahí. La transición demográfica es un hecho: cada año crece la población mayor de 60 años en Panamá y en toda la región. Pero entre el dato frío y la vida cotidiana hay una distancia enorme. Una cosa es saber que el país envejece; otra muy distinta es preguntarse qué tipo de vejez estamos construyendo.

Hoy, ser adulto mayor en Panamá significa, en muchos casos, vivir con ingresos ajustados, depender de familiares, reducir la vida social y aceptar una suerte de retiro involuntario del espacio público. Se pasa de ser ciudadano activo a convertirse, lentamente, en una nota al pie del sistema.

No existe una política integral que entienda al adulto mayor como sujeto creativo, productivo y pensante.

Hay bonos. Hay programas asistenciales. Hay discursos bien intencionados.

Pero no hay una visión.

Porque pensar el envejecimiento no es solo hablar de salud o medicamentos. Es hablar de dignidad. Es hablar de participación. Es hablar de cultura, de lectura, de escritura, de conversación, de comunidad. Es preguntarse qué hacemos con toda esa memoria acumulada que camina por nuestras calles.

Un país que no escucha a sus mayores es un país que desperdicia su propia experiencia.

Nuestros adultos mayores no son únicamente personas que necesitan ayuda. Son portadores de historias, oficios, saberes, derrotas y aprendizajes. Son bibliotecas vivas. Son archivos emocionales de una nación construida a golpes de migración, esperanza y pérdida.

Sin embargo, el sistema los trata como si ya hubieran terminado.

Organismos regionales como la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) vienen advirtiendo desde hace años que el envejecimiento poblacional exige rediseñar los sistemas de protección social, transformar los mercados laborales y crear políticas que reconozcan el valor económico y social de las personas mayores. La Cepal ha sido clara: una agenda de desarrollo sostenible en América Latina no puede construirse sin incorporar de manera seria esta realidad demográfica.

Y, aun así, en Panamá —como en muchos países de la región— ese consenso técnico todavía no se traduce en políticas públicas estructuradas y sostenibles.

Hay ayudas puntuales, pero pocas estrategias de largo aliento. Hay asistencia, pero escasa integración. Se atiende la urgencia, pero no se piensa el futuro.

Mientras tanto, otras regiones del mundo ya han comenzado a recorrer caminos distintos. En varios países de la Unión Europea, por ejemplo, los adultos mayores con plenas capacidades físicas y mentales son incorporados en jornadas laborales de medio tiempo, programas de mentoría o servicios comunitarios. No como un gesto simbólico, sino como política pública: se les reconoce su experiencia, se les permite seguir aportando y, sobre todo, se les devuelve algo esencial: la satisfacción profunda de sentirse aún útiles a la sociedad y a los suyos.

No se trata de prolongar la vida laboral por necesidad económica. Se trata de dignificar el tiempo que queda. De ofrecer espacios donde el adulto mayor pueda enseñar, acompañar, orientar y colaborar. De entender que la utilidad social no caduca con la edad.

Aquí, en cambio, la jubilación suele marcar una frontera abrupta: se corta el vínculo con el mundo productivo, se reduce el círculo social y comienza un lento proceso de invisibilización.

No existen programas nacionales sólidos que incorporen a los mayores en procesos creativos, círculos de lectura, talleres de escritura o espacios permanentes de reflexión. No hay una política clara para combatir la soledad, que hoy es una de las enfermedades más silenciosas de esta etapa de la vida. Tampoco existen incentivos reales para que el sector productivo aproveche la experiencia acumulada de quienes todavía tienen mucho que aportar.

Se habla mucho de juventud —y con razón—, pero casi nada de vejez.

Y eso revela una falla profunda: seguimos viendo el envejecimiento como un problema, no como una etapa con valor propio.

Mientras tanto, muchos adultos mayores sobreviven más que viven. Ajustan gastos, reducen sueños, callan preocupaciones. Algunos todavía desean crear, enseñar, escribir y compartir. Pero no encuentran dónde. No encuentran cómo. No encuentran quién los convoque.

La conversación pública gira alrededor del crecimiento económico, la transformación digital y la inversión extranjera. Todo eso importa. Pero también importa —y de manera urgente— qué hacemos con quienes construyeron el país que hoy administramos.

Porque una nación no se mide solo por sus rascacielos ni por sus cifras macroeconómicas. Se mide por la manera en que trata a quienes ya dieron su tiempo.

Panamá necesita empezar a pensar el envejecimiento como política de Estado, no como nota social. Necesita crear espacios reales para que los mayores sigan siendo parte activa del tejido cultural y comunitario. Necesita comprender que una vejez acompañada, creativa y digna no solo reduce costos sociales: fortalece vínculos y produce ciudadanía.

No se trata de caridad.

Se trata de visión.

El país envejece. Eso es un hecho.

La pregunta es si vamos a permitir que envejezca solo.

El autor es escritor, ensayista y gestor cultural.


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