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Panamá: Fábrica de desempleo

Panamá: Fábrica de desempleo
En Panamá la tasa de desempleo ronda los dos dígitos. Elysée Fernández

En Panamá hay un problema del que se habla poco, pero que se vive todos los días: estamos formando jóvenes para que no encuentren trabajo.

Suena duro. Pero es lo que muestran los datos.

Mientras el discurso público insiste en que la educación es la vía para el progreso, la realidad del mercado laboral cuenta otra historia. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC), el desempleo ronda el 10%. Nada nuevo. Pero ese número, por sí solo, es engañoso. Lo verdaderamente alarmante es que casi la mitad de los ocupados, alrededor del 49%, está en la informalidad. Es decir, trabajar no necesariamente significa tener un empleo digno o estable.

Y si se mira a los jóvenes, el panorama es peor.

Datos del Banco Mundial sitúan el desempleo juvenil en Panamá entre el 16% y 17%. Dicho de otra forma: los jóvenes tienen casi el doble de probabilidades de quedarse fuera del mercado laboral.

No estamos hablando de casos aislados. Estamos hablando de un patrón.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué estamos haciendo mal?

Durante años se instaló una narrativa que hoy resulta insostenible: que estudiar, especialmente una carrera universitaria, era suficiente para garantizar empleo. Ese discurso no solo quedó desactualizado, sino que terminó generando expectativas que el propio sistema no puede cumplir.

Porque el problema no es únicamente que falten empleos. Es que el país está produciendo perfiles que el mercado no está demandando.

Panamá no es una economía detenida. Sectores como la logística, los servicios y el comercio siguen moviéndose, siguen contratando, siguen creciendo. Pero lo hacen bajo una lógica distinta: buscan habilidades concretas, capacidades técnicas, manejo de herramientas, adaptación rápida.

Y ahí es donde el sistema educativo pierde conexión con la realidad.

Seguimos formando bajo esquemas donde la teoría pesa más que la práctica, donde la especialización es limitada y donde la relación con el sector productivo es, en el mejor de los casos, débil. El resultado es evidente: egresados que llegan al mercado laboral sin una ventaja clara, compitiendo en condiciones desiguales y, muchas veces, quedando fuera.

Mientras tanto, las empresas enfrentan el problema opuesto: no encuentran el talento que necesitan.

Esa contradicción no es nueva. La Organización Internacional del Trabajo lleva años advirtiendo sobre el “desajuste de habilidades” en América Latina: sistemas educativos que no responden a las necesidades reales de las economías. Panamá no es la excepción; es parte del problema.

Pero aquí viene lo más preocupante: hemos empezado a normalizarlo.

Se ha vuelto común escuchar que los jóvenes “no consiguen trabajo porque no tienen experiencia”, como si eso fuera una explicación suficiente. Como si no fuera, en realidad, una señal de que el sistema está fallando en prepararlos para esa primera inserción.

También se ha normalizado que la educación técnica sea vista como una segunda opción, cuando en muchos países es precisamente el eje que conecta formación y empleo.

Ese es un error que estamos pagando caro.

Porque esto no es solo un problema educativo. Es un problema económico.

Un país que no logra alinear lo que enseña con lo que produce está, en la práctica, limitando su productividad, su competitividad y su capacidad de crecimiento. Está desperdiciando talento. Está perdiendo oportunidades.

Y lo más grave: está trasladando ese costo a toda una generación.

Ahora bien, tampoco hay que caer en soluciones fáciles. La educación técnica, por sí sola, no va a resolver el desempleo. Sin crecimiento económico, sin inversión y sin políticas públicas que conecten de verdad al sector educativo con el empresarial, cualquier reforma se queda a medio camino.

Pero eso no puede seguir siendo excusa.

Porque mientras discutimos, el sistema sigue haciendo lo mismo: graduar jóvenes que no logran insertarse, que terminan en la informalidad o que simplemente abandonan la búsqueda.

Y eso tiene nombre.

No es falta de oportunidades.

Es un modelo que, tal como está, está fabricando desempleo.

La autora es abogada y especialista en aseguramiento de la calidad académica.


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