Panamá nació con una ventaja que pocos países del mundo poseen: una geografía capaz de unir océanos, continentes, rutas comerciales, pueblos y mercados. Somos un país pequeño en territorio, pero inmenso en posibilidades. Sin embargo, seguimos pensando, muchas veces, como si nuestro mercado terminara en nuestras fronteras, como si nuestra economía dependiera únicamente del consumo interno y no de la extraordinaria capacidad que tenemos para conectarnos con el mundo.
Esa es una de nuestras grandes contradicciones históricas. Tenemos el Canal de Panamá, puertos en ambos océanos, el aeropuerto de Tocumen convertido en un verdadero centro de conexiones (hub) aéreo, una posición estratégica entre América del Norte y América del Sur, y acceso natural al comercio mundial. Pero todavía no hemos convertido plenamente esa ventaja en una estrategia nacional de desarrollo que integre a todo el país.
El resultado es visible: el corredor interoceánico concentra la mayor parte de la riqueza nacional, mientras amplias zonas del interior, las provincias y las comarcas viven desconectadas de las grandes oportunidades. Panamá no puede resignarse a ser un país dividido entre un enclave moderno y una periferia que mira pasar el progreso desde lejos.
La pobreza y la pobreza extrema no se derrotan solamente con subsidios. Se derrotan creando oportunidades reales, abriendo mercados, reduciendo costos logísticos, acercando la producción a los consumidores y conectando a los ciudadanos con la economía nacional y mundial. Un productor agrícola, un emprendedor, un industrial, un joven profesional o una comunidad rural no pueden prosperar si están aislados.
Esta no es una idea nueva ni una ocurrencia aislada. Los grandes economistas que ayudaron a explicar la prosperidad de las naciones llegaron, desde perspectivas distintas, a conclusiones similares. Adam Smith enseñó que la división del trabajo depende de la amplitud del mercado. David Ricardo demostró que las naciones prosperan cuando aprovechan sus ventajas comparativas y comercian con el mundo. Alfred Marshall destacó cómo la concentración de actividades productivas genera innovación y competitividad. John Maynard Keynes subrayó la importancia de la inversión productiva para construir riqueza futura. Y Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, explicó cómo la conectividad, las economías de escala y la integración de mercados impulsan el desarrollo regional. Lo que Panamá necesita hacer no contradice estas enseñanzas; por el contrario, representa una aplicación práctica de ellas en nuestra realidad geográfica excepcional.
Incluso quienes siguen la llamada Escuela Austríaca de Economía, o Escuela de Viena, pueden comprender perfectamente este argumento. Menger, Mises, Hayek y Schumpeter, desde sus distintas visiones, reconocieron la importancia de los incentivos, la información, la innovación, el emprendimiento y los mercados abiertos. Panamá no necesita escoger entre escuelas económicas para entender lo evidente: un país con nuestra posición geográfica debe ampliar sus mercados, no encerrarse en ellos.
El mercado no es solamente el lugar donde se compra y se vende. El mercado es el espacio donde una sociedad transforma talento, producción, conocimiento, logística y confianza en prosperidad. Y mientras más amplio sea ese mercado, mayores serán las oportunidades para producir, competir, innovar y crecer.
Por eso, la conectividad no es un lujo. Es una condición del desarrollo. El Canal conectó los océanos. Tocumen conectó los cielos. Los puertos conectaron rutas marítimas. Pero falta la gran pieza terrestre: un sistema ferroviario que conecte el país de frontera a frontera, que integre provincias, zonas productivas, puertos, aeropuertos, centros logísticos, ciudades intermedias y mercados internacionales.
El tren no debe verse como una simple obra de transporte. Debe verse como una herramienta de transformación nacional. Allí donde llega la conectividad, llegan la inversión, el empleo, la productividad, el conocimiento y la esperanza. Una estación ferroviaria bien planificada no es solo un punto de llegada; puede ser el origen de una nueva ciudad, de un nuevo polo agrícola, industrial, logístico, turístico o tecnológico.
Panamá tiene que dejar de pensar en pequeño. Nuestro mercado no son cuatro millones y medio de habitantes. Nuestro mercado es Centroamérica, Colombia, el Caribe, América del Sur, América del Norte, Europa y Asia. Nuestro mercado es el mundo, siempre que tengamos la inteligencia de conectarnos con él.
Pero el tiempo no es neutral. Las oportunidades que no se aprovechan se pierden. Otros países construyen puertos, trenes, carreteras, centros logísticos y corredores bioceánicos. Otros países entienden que la conectividad es poder económico. Si Panamá se demora, su ventaja natural puede convertirse en una oportunidad desperdiciada.
Por eso necesitamos una visión nacional. No una obra aislada. No una promesa electoral. No un proyecto sujeto al capricho de los gobiernos. Necesitamos una estrategia de Estado que entienda que el desarrollo de Panamá depende de integrar su geografía, su gente, su producción y su destino.
El Canal de Panamá no da un paso importante sin planificación estratégica. Esa ha sido una de las claves de su éxito. El país debe aprender de ese ejemplo. La logística, el ferrocarril, los puertos, el cabotaje, la navegación de corta distancia, la producción agrícola, la industria de transformación, la educación técnica y la atracción de inversiones deben formar parte de una misma visión.
No hacer esa planificación sería imperdonable. Sería desperdiciar la disposición de organismos multilaterales que comprenden la importancia de los planes de desarrollo y que estarían dispuestos a apoyar una nueva estrategia marítima y logística. Sería, además, incumplir el mandato de construir políticas públicas serias para un país que no puede seguir improvisando su futuro.
Panamá no nació para encerrarse. Panamá no nació para vivir de espaldas a sus provincias. Panamá no nació para que unos pocos kilómetros del corredor interoceánico concentren la riqueza mientras el resto del país espera migajas del desarrollo.
Panamá nació para conectar.
Conectar océanos. Conectar continentes. Conectar mercados. Conectar provincias. Conectar productores con consumidores. Conectar jóvenes con oportunidades. Conectar el presente con el futuro.
La geografía nos dio el privilegio. La historia nos dio el Canal. La responsabilidad nos exige completar la obra.
Nuestro mercado es el mundo.
Y el deber de esta generación es construir la conectividad que permita que todo Panamá participe de ese destino.
El autor es exdirector de La Prensa

