La entrada de Panamá como Estado asociado del Mercosur y el acuerdo comercial entre este bloque y la Unión Europea no solo reconfiguran nuestras relaciones con Sudamérica y Europa, sino que también abren un espacio de oportunidades renovadas en la relación con Estados Unidos, nuestro principal socio comercial y un actor clave en las cadenas globales de valor que hoy se están redibujando.
Estados Unidos observa con atención los cambios en la arquitectura del comercio internacional. La búsqueda de cadenas de suministro más seguras, cercanas y confiables se ha vuelto una prioridad estratégica. En ese contexto, Panamá puede ofrecer algo que pocos países combinan: conectividad logística de clase mundial, estabilidad institucional, una economía dolarizada y una posición geográfica que facilita la articulación entre mercados.
La asociación con Mercosur refuerza ese valor. Para empresas estadounidenses con intereses en Sudamérica, Panamá puede convertirse en una plataforma natural desde la cual gestionar operaciones regionales, no solo como punto de tránsito, sino como centro de coordinación logística, financiera y administrativa.
Los distintos regímenes de zona franca, tanto en el Pacífico como en el Atlántico —a tan solo unos 80 kilómetros de distancia—, sumados al Régimen de Sedes de Empresas Multinacionales como base de gestión de negocios locales y regionales, marcan una diferencia significativa que distingue a Panamá frente a otras jurisdicciones.
A lo anterior se añade que el acceso estructurado a Mercosur, junto con la relación histórica y comercial con Estados Unidos, coloca a Panamá en una posición de bisagra que resulta cada vez más atractiva.
El acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur agrega otra capa a esta ecuación. Muchas empresas estadounidenses operan cadenas de valor transatlánticas, con presencia tanto en Europa como en América Latina. Panamá puede servir como punto de convergencia para estas operaciones, facilitando el movimiento de bienes, la prestación de servicios y la optimización de tiempos y costos. En un comercio donde la velocidad y la confiabilidad son determinantes, esa ventaja pesa.
Desde la perspectiva de servicios, las oportunidades son claras. Logística avanzada, transporte multimodal, seguros, financiamiento comercial, arbitraje, cumplimiento regulatorio y servicios digitales son áreas donde Panamá ya cuenta con capacidades instaladas. Este nuevo entorno comercial puede atraer empresas estadounidenses interesadas en externalizar o centralizar estas funciones en un hub regional eficiente y estable.
También existe un espacio relevante en manufactura liviana y ensamblaje. Estados Unidos impulsa estrategias de nearshoring y friendshoring para reducir dependencias lejanas. Panamá, sin aspirar a competir con grandes centros industriales, puede posicionarse como un punto de ensamblaje final, personalización o transformación ligera de productos destinados a mercados de América Latina, el Caribe e incluso Europa. La conectividad permite producir aquí y despachar con rapidez, un atributo cada vez más valorado.
Las zonas económicas especiales y los regímenes logísticos pueden desempeñar un papel clave si se alinean con esta visión. Para empresas estadounidenses, operar desde Panamá significa cercanía con los consumidores, aprovechamiento de acuerdos comerciales y acceso a múltiples mercados desde una sola base. Pero esto exige reglas claras, procesos ágiles y coherencia institucional.
La relación con Estados Unidos, además, no parte de cero. El Tratado de Promoción Comercial ya establece un marco sólido. Lo que cambia ahora es el contexto: Panamá no se presenta únicamente como socio bilateral, sino como plataforma regional integrada a un bloque sudamericano y conectada con Europa. Esa narrativa fortalece nuestra relevancia estratégica.
El reto está en potenciar este escenario mediante una promoción de inversiones con enfoque estratégico, una diplomacia económica activa y una coordinación real entre el sector público y el privado.
Lograr que el país concentre logística y servicios vinculados a las cadenas de valor de empresas multinacionales puede generar una importante creación de empleo, transferencia de conocimientos y bienestar para la población. De allí la importancia de desarrollar un corredor logístico que facilite el comercio y acorte aún más las distancias entre el Pacífico y el Atlántico.
La nueva geografía del comercio no se define solo por acuerdos firmados, sino por países capaces de conectar intereses, mercados y cadenas de valor. En esa triangulación entre Mercosur, Europa y Estados Unidos, Panamá puede dejar de ser solo un punto de paso y convertirse en un socio estratégico indispensable.
El autor es Socio Líder de Deloitte Panamá.

