La narrativa del miedo se ha instalado en el discurso oficial. Voceros gubernamentales, gremios empresariales e influencers pro mina repiten que sin el enclave de Donoso el país quiebra. Intentan convencernos de que Panamá es una nación inviable sin esa herida abierta en nuestra biodiversidad. Pocas afirmaciones resultan más ofensivas para nuestra historia y más peligrosas para nuestro futuro.
Antes de la primera excavadora en Donoso, Panamá ya prosperaba gracias a su modelo de servicios y a su posición geográfica. Decir que colapsaremos sin la mina no es un análisis; es un chantaje para encubrir la incapacidad de gestión y la corrupción sistémica que realmente desangran las arcas públicas. Pero más allá de lo fiscal, existe una amenaza que los defensores del extractivismo omiten deliberadamente: la destrucción de nuestra fábrica de agua.
Resulta alienante que un país cuya principal arteria económica es el Canal de Panamá —una maquinaria que depende exclusivamente de la abundancia de agua dulce— apueste por una actividad que compite directamente por ese recurso y lo contamina. Permitir que la extracción en Donoso continúe es jugar a la ruleta rusa con la cuenca hidrográfica que puede alimentar, a futuro, la operación canalera.
Si no protegemos nuestros suelos y bosques, el destino del Canal está comprometido. No se trata solo de barcos; se trata del suministro de agua para la población. Si permitimos que el modelo extractivo avance, el drama humano y económico que hoy vive Azuero con el estrés hídrico no será una excepción regional, sino el espejo del futuro para el resto del país. Estamos a un paso de exportar la sequía y la escasez que padecen Los Santos y Herrera hacia otras provincias y la capital.
La crisis económica actual no es por falta de cobre; es por el crecimiento de una planilla estatal utilizada como botín político y por el despilfarro de fondos públicos. Culpar al cierre de la mina de los problemas fiscales del Estado es un cinismo sin nombre. Este país no necesita ser minero para ser próspero; necesita ser un país con seguridad hídrica.
Nuestra mayor ventaja competitiva no está bajo tierra, sino en lo que crece sobre ella:
1. Soberanía hídrica: sin agua no hay Canal, no hay salud y no hay vida.
2. Economía de la vida: el turismo ecológico y el agro moderno generan riqueza sin hipotecar el patrimonio de las próximas generaciones.
Como bien concluyó el Pleno de la Corte Suprema de Justicia, en el histórico fallo del 27 de noviembre de 2023:
“...ante la disyuntiva presentada, en la que se debe ponderar entre el derecho humano a un ambiente sano y el derecho a la protección de la inversión económica, la balanza del Pleno de la Corte Suprema de Justicia se inclinará, naturalmente, por salvaguardar la continuidad del género humano…”
Es hora de recordarles a los profetas del desastre, y a nuestros dirigentes políticos, que Panamá es mucho más que un yacimiento. Somos una nación que funciona con agua, no con lodo ni devastación. La soberanía no se negocia y el agua de nuestros hijos y nietos no tiene precio de mercado.
Señor Presidente, las principales interrogantes para usted son: ¿Cómo quiere ser recordado? ¿Qué legado quiere dejar a las futuras generaciones? Tome en cuenta que, según la última encuesta de opinión, el 75% de los panameños no quiere la actividad minera.
El autor es abogado.


