La demolición del mirador junto al Puente de las Américas no es un hecho aislado. Es la manifestación visible de una carencia más profunda y persistente: la incapacidad de Panamá para construir espacios públicos con significado, permanencia y arraigo ciudadano. Seguimos levantando objetos donde deberíamos estar construyendo identidad, memoria y experiencia colectiva.
La indignación de diversos sectores ante este hecho es comprensible. La eliminación de un elemento con carga simbólica siempre hiere sensibilidades y despierta alertas legítimas sobre memoria histórica y reconocimiento cultural. Pero el problema no comienza ni termina con la demolición. Viene de mucho antes, en la forma en que concebimos el espacio público y el valor que le otorgamos como infraestructura cultural viva dentro de la ciudad.
Panamá no tiene un problema de diversidad cultural; por el contrario, la diversidad es uno de sus rasgos fundacionales. El problema es cómo esa diversidad se traduce —o no— en el territorio. Durante años hemos confundido símbolo con significado, forma con contenido y monumento con memoria. Se inauguran hitos que no cuentan historias, plazas que no invitan a quedarse y espacios que no educan ni representan. Cuando el contexto político cambia o las prioridades administrativas se reordenan, estos elementos “representativos” quedan indefensos. Nadie los siente propios. Nadie los defiende.
El espacio público no puede seguir tratándose como decorado urbano ni como objeto simbólico de corto plazo. Debe entenderse como una plataforma cultural capaz de explicar quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. No importa si el relato es chino, afroantillano, indígena, migratorio o canalero. El error ha sido abordarlo desde la literalidad o el folclor, en lugar de hacerlo desde valores históricos comunes y universales. Panamá es un cruce de civilizaciones, no una suma de enclaves aislados. Sin embargo, nuestra ciudad no lo narra.
Hoy el visitante pasa, transita, consume y se va. Somos una ciudad de tránsito, no de experiencia. Y eso no es una condición inevitable; es una oportunidad desperdiciada por falta de visión urbana y cultural integrada. Tampoco basta con “recuperar” el espacio público limpiando aceras, reordenando buhoneros o pintando parques. Estas acciones son necesarias, pero claramente insuficientes. Sin planificación urbana, diseño de calidad y contenido cultural, las intervenciones se vuelven frágiles, cuestionables y difíciles de sostener en el tiempo. Se inauguran rápido y se olvidan igual de rápido.
Aquí aparece una oportunidad que Panamá ha desaprovechado sistemáticamente: apostar por concursos de ideas arquitectónicas y de diseño urbano con sensibilidad social y contextual. No como ejercicios estéticos ni vitrinas de autor, sino como herramientas de política pública. Concursos que permitan pensar antes de construir, elevar el debate, transparentar decisiones y otorgar legitimidad técnica y social a los proyectos. Propuestas capaces de interpretar el tejido social, respetar la memoria del lugar y responder a necesidades reales de la comunidad. No es romanticismo; es gobernanza urbana inteligente.
Proyectos que integren relato urbano, viabilidad, implementación gradual y mantenimiento sostenible, con sensibilidad social y sentido de pertenencia. Espacios que no solo luzcan bien en renders, sino que dialoguen con su entorno, activen comunidades y se incorporen a la vida cotidiana. Una idea debatida públicamente y arraigada al contexto es siempre más defendible que una decisión administrativa cerrada. Un espacio con vida cultural se protege porque educa, convoca y pertenece. Bien diseñado, mejora la seguridad, activa economías locales y fortalece la cohesión social. No se impone; se construye colectivamente.
Las ciudades que admiramos no tienen mejores monumentos; tienen mejores espacios públicos donde la historia se vive, no solo se recuerda. La gran debilidad de Panamá ha sido actuar por impulsos y gestos simbólicos, sin una visión urbana sostenida y consciente del contexto. Si queremos dejar de improvisar, el próximo proyecto público debería comenzar por la historia que va a contar, entendida antes de diseñar. Porque los objetos se inauguran; los espacios se habitan. Y lo que no se habita, tarde o temprano, se olvida.
El autor es arquitecto y estudiante de la Maestría en Ordenamiento Territorial para el Desarrollo Sostenible.


