Hoy Panamá no aparece en la fotografía de PISA.
Podríamos dedicar los próximos días a discutir si debimos estar, quién tomó la decisión o qué habrían dicho los resultados. Es una conversación legítima. Pero temo que nos distraiga de una pregunta mucho más incómoda.
¿Qué tendría que cambiar en nosotros para que la educación cambie de verdad?
He pasado buena parte de mi vida profesional alrededor de la educación. He visto planes, reformas, mesas de diálogo, diagnósticos y consensos técnicamente impecables. Y cada vez estoy más convencida de algo: nuestro problema no es únicamente saber qué hacer. Es conseguir que quienes hacemos parte del sistema podamos hacer algo diferente.
Hace unas semanas viví una experiencia en Costa Rica que reforzó esa convicción.
Convocamos a quienes normalmente observan la educación superior desde lugares distintos: rectores y vicerrectores, decanos, responsables de calidad e innovación, docentes, empresas, representantes del sector tecnológico y actores vinculados con la política educativa. El 67% de los participantes tenía responsabilidades de liderazgo universitario. No los reunimos para escuchar conferencias ni para defender lo que cada institución ya hace. Los pusimos a trabajar.
Utilizamos design thinking. Diez mesas, una pregunta compartida y una regla implícita difícil de cumplir: por unas horas había que abandonar la comodidad de representar posiciones y empezar a imaginar posibilidades.
Lo que ocurrió me pareció más importante que las propuestas resultantes.
La inteligencia colectiva comenzó a encontrar coincidencias: profesores que necesitan experimentar con IA; universidades que necesitan aprender de sus propios datos; currículos que deben conversar mejor con empleadores; procesos de calidad que acompañen la innovación; instituciones que aprendan haciendo. Incluso surgió una idea que resume bastante bien el momento: que lo metódico pueda hacerlo la IA y que los humanos concentremos nuestra energía en el análisis y las capacidades del ser.
Pero después entendí algo todavía más desafiante.
El consenso no produce cambio. Las personas sí.
David Bullón, quien acompañó este proceso desde Instagram, me planteó una reflexión que sigo procesando: cualquier transformación que pretendamos sostener afuera exige también una transformación adentro. Cambian las personas, cambia la manera en que trabajan los equipos y, finalmente, cambia su cultura. Si eso no ocurre, hasta la mejor metodología termina convertida en otro proyecto.
Quizás allí esté una de las grandes oportunidades para Panamá.
PISA importa. Medir importa. Y volver en 2029 permitirá nuevamente compararnos. Pero sería peligroso pensar que prepararnos significa entrenarnos durante tres años para obtener una mejor fotografía.
Tenemos una oportunidad mucho mayor: usar estos tres años para aprender a cambiar.
Primero, escuchar sin posiciones predeterminadas. Después, definir juntos qué problemas realmente importan. Experimentar soluciones a pequeña escala. Permitir que docentes, estudiantes, instituciones, empresas y Estado aprendan unos de otros. Medir. Equivocarnos sin convertir cada error en fracaso. Corregir. Y escalar aquello que funcione.
En innovación, esa ruta tiene nombre: doble diamante. Descubrir, definir, desarrollar y entregar. Pero su verdadero valor no está en el dibujo.
Está en lo que ocurre con las personas mientras lo recorren.
Cuando alguien deja de preguntarse cómo proteger lo que siempre ha hecho y comienza a preguntarse qué podría hacer diferente junto con otros, aparece una energía distinta. El cambio deja de pertenecer al gobierno, al ministerio, a la universidad o al siguiente plan nacional.
Empieza a pertenecernos.
Por eso, la ausencia de Panamá en PISA podría terminar siendo una extraña oportunidad.
Que 2029 no sea el año en que volvamos a descubrir dónde estamos.
Que sea el año en que podamos demostrar cuánto fuimos capaces de cambiar.
La autora especialista en innovación educativa y transformación institucional- CEO de SénecaLab.

