Mientras la atención del mundo está puesta en Medio Oriente, mucho menos visible es otro efecto de la guerra: la manera en que está reordenando el mapa de riesgo, costo y oportunidad para economías alejadas del conflicto.
En Panamá, ese impacto no es abstracto. El alza del petróleo vinculada al conflicto en Irán podría añadir hasta $100 millones de dólares al costo de los subsidios a los combustibles, según el ministro de Economía y Finanzas, Felipe Chapman. Según sus advertencias, este aumento podría alterar las proyecciones de crecimiento que algunos bancos de inversión sitúan en torno al 5%. Para enfrentar esta coyuntura, Panamá necesita una respuesta proactiva y con visión de país a largo plazo.
Como dicen, la geografía por sí sola no es estrategia. El Canal le da a Panamá una relevancia inmovible, pero no le garantiza influencia duradera. En un mundo marcado por más de una guerra, cadenas de suministro más frágiles y una competencia geopolítica cada vez más intensa, la ubicación sigue importando, pero no basta.
La paradoja del momento es evidente. Por un lado, el Canal opera cerca de su capacidad máxima, absorbiendo mayor tráfico de gas natural licuado redirigido hacia el istmo. Ese mismo contexto internacional está elevando los costos internos: el transporte de carga ya reporta un aumento del 34% en la factura de combustible, con efectos sobre cadenas de suministro, precios y confianza económica. Es decir, el mismo choque externo que hoy vuelve a Panamá más relevante también expone, de manera más aguda, fragilidades internas que el país aún no resuelve.
El gobierno ha respondido con medidas de contención: una comisión de alto nivel sobre combustibles, el congelamiento de tarifas de transporte y energía, y la suspensión del mandato de bioetanol previsto para abril. Son decisiones entendibles frente a la presión del momento. Pero también reflejan que Panamá sigue gestionando algunos de sus desafíos más sensibles de forma reactiva. Y eso importa, porque los socios internacionales no solo observan si el país puede resistir un golpe externo; observan si puede producir señales consistentes y una visión de mediano y largo plazo frente a los desafíos del momento.
Ese es, en el fondo, el verdadero tema a destrabar. En un entorno global donde los activos estratégicos han adquirido un peso aún mayor, Panamá necesita demostrar que puede administrarlos con previsibilidad regulatoria y legitimidad política. No se trata solo de responder a la coyuntura, sino de proyectar confianza. Porque, en momentos como este, los países son evaluados por sus decisiones, no solo por su posición geográfica.
La economía panameña sigue creciendo, pero enfrenta vientos en contra derivados de la fragilidad de la confianza empresarial. A eso se suma una realidad social que no debería quedar fuera del debate: Panamá no puede aspirar a una mayor relevancia estratégica si no logra traducirla también en mayor empleo.
Por eso, este debate es más grande que unos contratos y decisiones de la Corte o incluso del Canal. La guerra con Irán ha recordado al mundo que los cuellos de botella siguen moldeando poder, relevancia y, al final del día, prosperidad.
En el fondo, ese es el verdadero desafío: no solo aprovechar una coyuntura internacional, sino demostrar que Panamá puede actuar con visión estratégica y ambición de país a largo plazo. Este momento ofrece a Panamá una oportunidad poco común para consolidar su credibilidad, fortalecer su perfil estratégico y proyectarse con mayor confianza hacia el futuro.
La autora es directora de impacto y operaciones y responsable para Centroamérica del Centro Adrienne Arsht para América Latina del Atlantic Council.

