Durante años he escuchado el mismo argumento cada vez que Panamá intenta mejorar sus ingresos provenientes de su actividad logística y portuaria: “Si cobramos más, los contenedores se irán”.
Ese razonamiento se ha convertido casi en un dogma dentro de algunos sectores vinculados al negocio marítimo. Sin embargo, la realidad mundial demuestra exactamente lo contrario.
Los grandes centros logísticos del planeta no se hicieron ricos regalando sus servicios. Se hicieron ricos entendiendo el valor estratégico de su posición geográfica y monetizando inteligentemente esa ventaja.
Panamá todavía no termina de comprender plenamente el inmenso poder económico de su ubicación.
Nuestro país no es un puerto cualquiera del Caribe.
Panamá conecta dos océanos, dos continentes y más de 1,700 puertos del mundo. Millones de contenedores pasan por nuestras terminales utilizando infraestructura nacional, canales de navegación, sistemas de seguridad, dragado, vigilancia marítima, conectividad portuaria y servicios logísticos construidos gracias a la estabilidad del Estado panameño.
Y, sin embargo, cada vez que se habla de aumentar modestamente los ingresos públicos derivados de ese gigantesco movimiento de carga, aparece el viejo coro del miedo: “Los barcos se irán”.
No. No se irán.
Y no se irán porque la conectividad marítima de Panamá no puede improvisarse ni reproducirse fácilmente en otra latitud.
Singapur cobra. Rotterdam cobra. Hamburgo cobra. Dubái cobra.
Todos los grandes hubs logísticos del planeta cobran. Y cobran mucho más que Panamá.
La razón es sencilla: las navieras no escogen solamente el puerto más barato; escogen el puerto más eficiente, más conectado, más seguro y estratégicamente mejor ubicado.
Panamá posee precisamente esas ventajas.
El verdadero peligro para el país no es cobrar algunos dólares más por movimientos de contenedores. El verdadero peligro es seguir administrando nuestra posición geográfica como si fuera un regalo infinito que no necesita producir mayores beneficios para la nación.
Durante décadas, Panamá aceptó el argumento de que debía sacrificar ingresos para “mantener competitividad”. Pero mientras el volumen de contenedores crecía, vastas regiones del país permanecían excluidas del desarrollo económico.
La riqueza logística quedó encapsulada alrededor de la franja interoceánica.
Y allí surge la pregunta incómoda que el país debe hacerse: ¿Quién se beneficia realmente del enorme movimiento de transbordo que pasa por Panamá?
Porque mientras millones de contenedores cruzan nuestras terminales, muchas comunidades panameñas siguen sin oportunidades, sin infraestructura moderna y sin integración real a la economía global.
El Estado panameño tiene no solamente el derecho, sino la obligación moral y estratégica, de capturar una mayor parte del valor que genera nuestra posición geográfica.
Eso no es antiempresarial. Eso es inteligencia nacional.
Las grandes potencias marítimas del mundo jamás regalaron el valor de sus puertos.
Rotterdam convirtió su puerto en el corazón económico de Europa. Singapur utilizó su actividad portuaria para transformarse de una isla pobre en una potencia financiera y logística global. Dubái entendió que el puerto era apenas el comienzo de un ecosistema completo de riqueza.
Panamá todavía discute si debe cobrar unos dólares más por contenedor.
La discusión, en realidad, revela un problema más profundo: todavía hay sectores que ven a Panamá únicamente como un punto de paso y no como una nación que debe beneficiarse plenamente de su posición estratégica.
El argumento de que un ajuste razonable destruiría el transbordo carece de sustento histórico y económico.
Las navieras no abandonarán un centro logístico de clase mundial por diferencias marginales de costos cuando la eficiencia, la conectividad y la ubicación continúan favoreciendo a Panamá.
Más aún: si Panamá no aprende a monetizar mejor su posición geográfica, seguiremos viendo cómo crece el movimiento portuario sin que crezca proporcionalmente la prosperidad nacional.
El país debe abandonar el miedo.
Panamá no puede seguir actuando como un administrador tímido de una de las posiciones geográficas más valiosas del planeta.
Debemos pensar como lo hacen las grandes naciones marítimas: capturando valor, fortaleciendo al Estado y utilizando nuestra plataforma logística para desarrollar a todo el país y no solamente a una estrecha franja interoceánica.
Porque la posición geográfica de Panamá no fue hecha para enriquecer únicamente el tránsito de mercancías. Fue hecha para construir una nación poderosa.
El autor es exdirector de La Prensa.

